Plaza de Toros de Jerez
de la Frontera (Cádiz)
Día 17:
El Fandi
José María Manzanares
Roca Rey
Día 18:
Paquirri
Morante de la Puebla
El Juli
Restaurantes:
Casa Bigote
(Sanlúcar de Barrameda) Cádiz
Lú Cocina y
Alma (Jerez de la Frontera) Cádiz
Hotel:
Hotel Elba
Costa Ballena (Rota) Cádiz
Estación de Santa Justa al
mediodía. Viajeros que van y vienen. Nosotros que nos vamos pa Cai. De momento, al Puerto de Santa
María, y de allí a Sanlúcar. El tiempo acompaña, el tiempo siempre acompaña,
pero el tiempo de hoy lo hace echándonos un brazo por los hombros y haciéndonos
cosquillitas en los pelillos del cuello, cosas de la poca calor que hace y del levante tan suavito. Y en un coche muy
bonito, en un poquito más de un cuartito de hora desde que nos apeamos en el
Puerto, ya estamos sentados a la mesa de Bigote, en pleno Bajo de Guía, frente
a un Guadalquivir que muere entre las marismas de Huelva y Cádiz, que no es mal
sitio para entregar la cuchara, aunque la cuchara, quien la tiene de verdad es
el Bigote, junto a toda una cubertería dispuesta para la incursión en su selva
particular de manjares del mar cercano. Una manzanilla helada de Pastrana con
los consabidos langostinos de Sanlúcar nos dispone ánimo y estómago para
comernos a continuación una urta a la roteña tan sabrosa como
extraordinariamente bien atemperada y jugosa. Nos despedimos con un helado al
Pedro Ximénez servido en catavino y un gin-tonic
postrero, éste último para combatir la melancólica nostalgia (¿o la nostálgica
melancolía?) que siempre provoca la forzosa marcha de este restaurante que en
abril de 1951 abrió sus puertas al Coto de Doñana, y que con mimo y cariño han
llevado al éxito las tres últimas generaciones de la familia Hermoso.
Algo llorosos llegamos a Rota, al
Hotel Elba Costa Ballena, resort de
esos con todo lo necesario para pasar unas horribles vacaciones en compañía de
viejos anglosajones bailadores, multitudinarios bufés, grimosos niños y
matronas en diferentes grados de obesidad ya mórbida. Bueno, pero nosotros no
somos turistas ni vamos a vacacionar. Nosotros somos unos maduros caballeros aficionados
a los toros, que solo utilizarán la habitación para dormir. De todas formas,
hay que reconocer que, si no fuera por la gente, el sitio no está nada mal, es
amplio, cómodo, con buenas vistas y silencioso cuando el gentío turístico
enmudece.
Y hoy, que vamos a los toros, ha caído en
Francia un cerdo llamado Ternera (así llamaban al cerdo en su tierra), aunque
también podían haberle llamado Cabrón, mote cariñoso que también lo define
maravillosamente, con justeza y precisión. La plaza de toros de Jerez arde en
una tarde de primavera de ésas en la que todo reluce. Cuentas las crónicas que
en esta plaza, y con tan solo trece años, comenzó la carrera de Joselito el
Gallo. Hoy, con El Fandi, Manzanares y Roca Rey, se festejan los 125 años de existencia
de este coso taurino. Y los tres se emplearán con denuedo frente a seis toros
de Cubillo, algo, digamos, que ambivalentes, de los que necesitan un maestro
con talento para que les saquen todo el trapío que puedan llevar dentro. El
Fandi voluntarioso y magistral con las banderillas; Manzanares con sus
verónicas de una plasticidad casi sensual; y Roca Rey arriesgando como siempre
más de lo que debe o puede. Entre los tres se reparten seis orejas a partes
iguales, y para los tres se abre la puerta grande de esta vieja plaza jerezana.
Entre el tercer y cuarto toro aparece en la arena una gran pipa de agua tirada
por dos mulos, que quiere evocar el antiguo modo con el que se regaba la plaza
en el pasado siglo. El público la recibe y la despide con cariñosos aplausos.
Ya fuera de la plaza, vemos a los tres toreros a hombros, que entre vítores y
palmeos, también reciben algún tironazo de algún exaltado aficionado, que
quiere a toda costa un alamar o cualquier exorno del traje de luces de su
ídolo. Damos un paseo por la noche jerezana y recalamos en el hotel. Jerez ha
crecido mucho, se ha convertido en una urbe, las zonas que lo rodean también
han crecido y evolucionado a golpe de turismo ciertamente descontrolado, nada
que ver con aquella costa gaditana que conocí de niño cuando mis padres me
llevaban a la playa.
La luz de la mañana entra por una
rendija de las cortinas e incendia parte de la habitación. Va a hacer, sin
duda, un buen día. Desayunamos en el bufet del hotel junto a unos dos millones
de hambrientos guiris, que entonan juntos una especie de zumbido hipersónico
bastante molesto. Huimos, nos vamos de nuevo a Jerez. Hasta la hora de la
comida tenemos mucho tiempo para disfrutar de la ciudad. En primer lugar nos
detenemos en la Catedral de Nuestro Señor San Salvador, imponente edificio que
reúne todos los rasgos definitorios de los estilos gótico, barroco y neoclásico.
Su museo alberga un rico y nutrido conjunto de obras pictóricas y escultóricas,
capillas interiores y patios en perfecto estado de conservación. Luego, una vez
fuera del entorno catedralicio y bordeando las bodegas de González Byass, y
callejeando tranquilos y morosos, llegamos al Gallo Azul, local emblemático que
ocupa los bajos del edificio de Aníbal González ubicado al principio de la
Calle larga. Este edificio, encargado por la familia Domecq en pleno centro de
la ciudad, fue uno de los muchos hitos arquitectónicos que se erigieron con
motivo de la Exposición Universal de 1929, año en que yo aún no había nacido,
pero Lola Flores ya tenía seis añitos. Como estamos en plena campaña electoral,
hay tenderetes de partidos políticos diseminados que regalan estampitas y
pegatinas con las siglas y efigies de sus ídolos, también globitos de colores,
qué díver. En uno de los puestecitos
hay un nazi rapado, con esvásticas tatuadas en el cuello, al que no me gustaría
tener como yerno. Hacemos un alto en la Calle Larga, básicamente por eso mismo,
porque es larga, y nos tomamos una copa de Río Viejo con caracoles. Más tarde,
en la calle Latorre, en la barra del restaurante A Mar, probamos un soberbio
atún. He dicho “probamos” y es cierto, una tapa compartida, porque tenemos mesa
reservada en el Restaurante Lu, que en realidad tiene un nombre más
pretencioso: “Lu, Cocina y Alma”, lo que demuestra mi teoría de que se puede
ser metafísico y cursi a la misma vez. El local, estrella Michelin, sigue la
moda de no solo mostrar la cocina, sino que yendo más allá, la incluye en la
misma sala donde están los comensales. Lo misterioso es la ausencia de humos u
olores, ni ruidos de ningún tipo. Los profesionales actúan y desarrollan su
labor en un ámbito guantanamero, en una especie de estado adimensional en el
que están, pero parece que no están. Dejaré nominadas algunas de las
elaboraciones con las que Juanlu Fernández intentó y casi siempre consiguió
seducirnos: Navaja en salsa grenobloise, brioche de melanger de berza jerezana,
pescado de palangre en sopa fría ahumada, potaje Saint Germain, conejo a la
royale, leche fresca y avellanas… champagne Laherte Freres para acompañar el
largo menú. En conjunto, una experiencia muy agradable, quizás en algunos de
los platos se hacía notar un exceso de grasa, que hizo algo pesados los últimos
pases. Nada que no rebaje un bien servido gin-tonic
cerca de la plaza de toros.
Paquirri en su reaparición cosechó
todo el silencio que se le ofreció desde el graderío y que con sus desganadas
faenas se mereció; da la impresión de que esto del toro no acaba de gustarle,
ni a nosotros acaba de gustarnos él. La tarde, en cambio, se abrió del todo para
el Juli y Morante. El de la Puebla hizo lo que pudo con el capote y lo que sabe
con la muleta, haciendo una faena al quinto de una inspiración absoluta y absorbente.
El toro fue arrastrado sin orejas por las mulillas. El Juli indulta a “Corchero”
de Garcigrande, en una faena de apoteosis, de las que ponen en pie a los diez
mil espectadores que allí nos encontrábamos. La Puerta Grande en estos dos días
de corrida se ha abierto para cinco toreros de los seis posibles. Algo para no
creer, pero así ha sido.
Día largo y emocionante, cansancio
físico suficiente para anular compromisos de concursos de karaoke, bailes de salón
y yincanas varias en el hotel. Directos a la cama. Que mañana, tras el
estruendoso desayuno partiremos para Sevilla.