sábado, 20 de julio de 2019

17 – 19 de mayo de 2019


Plaza de Toros de Jerez de la Frontera (Cádiz)

Día 17:

                    El Fandi
                    José María Manzanares
                    Roca Rey

Día 18:

                    Paquirri
                    Morante de la Puebla
                    El Juli

Restaurantes:

                    Casa Bigote (Sanlúcar de Barrameda) Cádiz
                    Lú Cocina y Alma (Jerez de la Frontera) Cádiz

Hotel:

                    Hotel Elba Costa Ballena (Rota) Cádiz


          Estación de Santa Justa al mediodía. Viajeros que van y vienen. Nosotros que nos vamos pa Cai. De momento, al Puerto de Santa María, y de allí a Sanlúcar. El tiempo acompaña, el tiempo siempre acompaña, pero el tiempo de hoy lo hace echándonos un brazo por los hombros y haciéndonos cosquillitas en los pelillos del cuello, cosas de la poca calor que hace y del levante tan suavito. Y en un coche muy bonito, en un poquito más de un cuartito de hora desde que nos apeamos en el Puerto, ya estamos sentados a la mesa de Bigote, en pleno Bajo de Guía, frente a un Guadalquivir que muere entre las marismas de Huelva y Cádiz, que no es mal sitio para entregar la cuchara, aunque la cuchara, quien la tiene de verdad es el Bigote, junto a toda una cubertería dispuesta para la incursión en su selva particular de manjares del mar cercano. Una manzanilla helada de Pastrana con los consabidos langostinos de Sanlúcar nos dispone ánimo y estómago para comernos a continuación una urta a la roteña tan sabrosa como extraordinariamente bien atemperada y jugosa. Nos despedimos con un helado al Pedro Ximénez servido en catavino y un gin-tonic postrero, éste último para combatir la melancólica nostalgia (¿o la nostálgica melancolía?) que siempre provoca la forzosa marcha de este restaurante que en abril de 1951 abrió sus puertas al Coto de Doñana, y que con mimo y cariño han llevado al éxito las tres últimas generaciones de la familia Hermoso.
          Algo llorosos llegamos a Rota, al Hotel Elba Costa Ballena, resort de esos con todo lo necesario para pasar unas horribles vacaciones en compañía de viejos anglosajones bailadores, multitudinarios bufés, grimosos niños y matronas en diferentes grados de obesidad ya mórbida. Bueno, pero nosotros no somos turistas ni vamos a vacacionar. Nosotros somos unos maduros caballeros aficionados a los toros, que solo utilizarán la habitación para dormir. De todas formas, hay que reconocer que, si no fuera por la gente, el sitio no está nada mal, es amplio, cómodo, con buenas vistas y silencioso cuando el gentío turístico enmudece.
          Y hoy, que vamos a los toros, ha caído en Francia un cerdo llamado Ternera (así llamaban al cerdo en su tierra), aunque también podían haberle llamado Cabrón, mote cariñoso que también lo define maravillosamente, con justeza y precisión. La plaza de toros de Jerez arde en una tarde de primavera de ésas en la que todo reluce. Cuentas las crónicas que en esta plaza, y con tan solo trece años, comenzó la carrera de Joselito el Gallo. Hoy, con El Fandi, Manzanares y Roca Rey, se festejan los 125 años de existencia de este coso taurino. Y los tres se emplearán con denuedo frente a seis toros de Cubillo, algo, digamos, que ambivalentes, de los que necesitan un maestro con talento para que les saquen todo el trapío que puedan llevar dentro. El Fandi voluntarioso y magistral con las banderillas; Manzanares con sus verónicas de una plasticidad casi sensual; y Roca Rey arriesgando como siempre más de lo que debe o puede. Entre los tres se reparten seis orejas a partes iguales, y para los tres se abre la puerta grande de esta vieja plaza jerezana. Entre el tercer y cuarto toro aparece en la arena una gran pipa de agua tirada por dos mulos, que quiere evocar el antiguo modo con el que se regaba la plaza en el pasado siglo. El público la recibe y la despide con cariñosos aplausos. Ya fuera de la plaza, vemos a los tres toreros a hombros, que entre vítores y palmeos, también reciben algún tironazo de algún exaltado aficionado, que quiere a toda costa un alamar o cualquier exorno del traje de luces de su ídolo. Damos un paseo por la noche jerezana y recalamos en el hotel. Jerez ha crecido mucho, se ha convertido en una urbe, las zonas que lo rodean también han crecido y evolucionado a golpe de turismo ciertamente descontrolado, nada que ver con aquella costa gaditana que conocí de niño cuando mis padres me llevaban a la playa.
          La luz de la mañana entra por una rendija de las cortinas e incendia parte de la habitación. Va a hacer, sin duda, un buen día. Desayunamos en el bufet del hotel junto a unos dos millones de hambrientos guiris, que entonan juntos una especie de zumbido hipersónico bastante molesto. Huimos, nos vamos de nuevo a Jerez. Hasta la hora de la comida tenemos mucho tiempo para disfrutar de la ciudad. En primer lugar nos detenemos en la Catedral de Nuestro Señor San Salvador, imponente edificio que reúne todos los rasgos definitorios de los estilos gótico, barroco y neoclásico. Su museo alberga un rico y nutrido conjunto de obras pictóricas y escultóricas, capillas interiores y patios en perfecto estado de conservación. Luego, una vez fuera del entorno catedralicio y bordeando las bodegas de González Byass, y callejeando tranquilos y morosos, llegamos al Gallo Azul, local emblemático que ocupa los bajos del edificio de Aníbal González ubicado al principio de la Calle larga. Este edificio, encargado por la familia Domecq en pleno centro de la ciudad, fue uno de los muchos hitos arquitectónicos que se erigieron con motivo de la Exposición Universal de 1929, año en que yo aún no había nacido, pero Lola Flores ya tenía seis añitos. Como estamos en plena campaña electoral, hay tenderetes de partidos políticos diseminados que regalan estampitas y pegatinas con las siglas y efigies de sus ídolos, también globitos de colores, qué díver. En uno de los puestecitos hay un nazi rapado, con esvásticas tatuadas en el cuello, al que no me gustaría tener como yerno. Hacemos un alto en la Calle Larga, básicamente por eso mismo, porque es larga, y nos tomamos una copa de Río Viejo con caracoles. Más tarde, en la calle Latorre, en la barra del restaurante A Mar, probamos un soberbio atún. He dicho “probamos” y es cierto, una tapa compartida, porque tenemos mesa reservada en el Restaurante Lu, que en realidad tiene un nombre más pretencioso: “Lu, Cocina y Alma”, lo que demuestra mi teoría de que se puede ser metafísico y cursi a la misma vez. El local, estrella Michelin, sigue la moda de no solo mostrar la cocina, sino que yendo más allá, la incluye en la misma sala donde están los comensales. Lo misterioso es la ausencia de humos u olores, ni ruidos de ningún tipo. Los profesionales actúan y desarrollan su labor en un ámbito guantanamero, en una especie de estado adimensional en el que están, pero parece que no están. Dejaré nominadas algunas de las elaboraciones con las que Juanlu Fernández intentó y casi siempre consiguió seducirnos: Navaja en salsa grenobloise, brioche de melanger de berza jerezana, pescado de palangre en sopa fría ahumada, potaje Saint Germain, conejo a la royale, leche fresca y avellanas… champagne Laherte Freres para acompañar el largo menú. En conjunto, una experiencia muy agradable, quizás en algunos de los platos se hacía notar un exceso de grasa, que hizo algo pesados los últimos pases. Nada que no rebaje un bien servido gin-tonic cerca de la plaza de toros.
          Paquirri en su reaparición cosechó todo el silencio que se le ofreció desde el graderío y que con sus desganadas faenas se mereció; da la impresión de que esto del toro no acaba de gustarle, ni a nosotros acaba de gustarnos él. La tarde, en cambio, se abrió del todo para el Juli y Morante. El de la Puebla hizo lo que pudo con el capote y lo que sabe con la muleta, haciendo una faena al quinto de una inspiración absoluta y absorbente. El toro fue arrastrado sin orejas por las mulillas. El Juli indulta a “Corchero” de Garcigrande, en una faena de apoteosis, de las que ponen en pie a los diez mil espectadores que allí nos encontrábamos. La Puerta Grande en estos dos días de corrida se ha abierto para cinco toreros de los seis posibles. Algo para no creer, pero así ha sido.
          Día largo y emocionante, cansancio físico suficiente para anular compromisos de concursos de karaoke, bailes de salón y yincanas varias en el hotel. Directos a la cama. Que mañana, tras el estruendoso desayuno partiremos para Sevilla.

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