Día 9: Plaza de Toros
de Illescas (Toledo)
Morante de la Puebla
Sebastián
Castella
Roca Rey
Día 10: Plaza de Toros
de Olivenza (Badajoz)
Morante de la
Puebla
Roca Rey
Ginés Marín
Restaurantes:
Los Templarios
(Monesterio) Badajoz
El Bohío
(Illescas) Toledo
Casa Elena
(Cabañas de la Sagra) Toledo
La Romanée
(Griñón) Madrid
Lugaris
(Badajoz)
Hotel:
Carlos I (Yuncos) Toledo
Qué mejor día para empezar estas
crónicas turístico-gastronómico-taurinas que este luminoso 8 de marzo, Día
Internacional de la Mujer. Las ciudades se engalanan con el femenil aroma
anunciador de la cercana primavera, también se aturden con las dispares
disonancias de reivindicaciones ancestrales, que miles y miles de mujeres
corean y expanden al viento en un ambiente políticamente festivo (o
festivamente político). Agridulce alegría en las calles y recóndita esperanza en los corazones de
todas las mujeres y de los hombres de bien que las secundan.
Un 8 de marzo que se oscurece a lo
lejos si pensamos en nuestros hermanos venezolanos, que llevan sin luz un
número eterno de horas, víctimas de la barbarie y la codicia de un leviatán con
bigote.
Pero vamos a lo que vamos. Y hablando
de bigote, hasta esa misma localización corporal nos pusimos Perico y yo, sin
querer, en el restaurante Los Templarios, espléndido lugar ya conocido por
nosotros en la reciente aventura compostelana, cuando paramos en Monesterio:
Croquetas majestuosas y cochino frito, y eso que nos íbamos a portar bien, que
esta noche tenemos reserva en El Bohío. Pero qué le vamos a hacer, la carne es
débil, y la de cochino, ni les cuento. La sobremesa la pasamos atravesando
media península ibérica entre cabezazos siesteros por mi parte y algún que otro
café en las gasolineras. Así hasta llegar a Yuncos, población situada a 5
kilómetros de Illescas. El hotel Calos I se halla en un polígono industrial
feo, categoría 3a, según la escala de fealdad poligonal de Bruckman. Nos iremos
dando cuenta de que en las pequeñas y medianas poblaciones, cuando hay toros,
no hay habitaciones en los hoteles cercanos, de ahí que nos encontremos en este
pueblito de Yuncos y en este correcto hotel poligonero.
Repuestos del viaje y ya remozados
nos acercamos a Illescas, para hacer algo de turismo antes de cenar, que es
costumbre abridora y saciadora de apetito cultural, que ya del otro, como que
andamos sobrados. El Arco de Ugena, única estructura que queda de la antigua
muralla, bien iluminado, nos adentra en la parte antigua de la ciudad. Vamos
con la idea de encontrar abierta la Iglesia de Nuestra Señora de la Caridad,
hospital-santuario, que alberga nada más y nada menos, que cinco obras de El
Greco, que plasman los hitos más significativos en la vida de la Virgen María.
Son cinco obras mayores del genial artistas, que justifican el viaje a
Illescas. Gracias a Dios, la iglesia está abierta y podemos disfrutar el tiempo
suficiente para admirar lo que el recinto nos ofrece. A la salida del templo
nos encontramos con el emblemático olmo “del milagro”, a cuya sombra descansaba
Miguel de Cervantes cuando pasaba por la ciudad. Desde allí y serpenteando por
calles estrechas desembocamos en la amplia plaza del Ayuntamiento y en la
imponente Iglesia de Santa María. Ya en extramuros paseamos por la parte
comercial, donde nos llama la atención la cantidad de barberías-peluquerías que
nos encontramos por doquier, debe haber sin duda una enorme afición a atusarse
los pelos entre la población illescana. El restaurante El Bohío está muy cerca
y ya va siendo hora de entrar.
Una estrella Michelin adorna la
entrada de este restaurante, cuyo jefe de cocina es el muy popular Pepe
Rodríguez, cara más que conocida del mundo televisivo gracias al exitoso reality Master Chef. Un local de tonos
grises, algo frío, mesa amplia, mantel inmaculado, ningún ornamento superfluo,
cuadros grandes impersonales, que representan a gran escala objetos de
cubertería. Excelente carta de vinos y un menú tan largo como bien cuidado y
exquisitamente servido. Nos abren una botella de Pintia, un vino de Toro de
Vega Sicilia consistente y muy elegante a la vez. Cositas sorprendentes: sopa
de albóndigas de boquerones, blini de morteruelo con foie gras, ropa vieja
actualizada, guisantes con carbonara de coco y queso, buñuelo de liebre, la
pringá del cocido con su caldo (nada que ver con la realidad), macarón de
mango, helado de vinagre y café… En estos sitios se va a lo que se va, a
sorprenderte desde el momento en que te sientas hasta el momento en que te levantas.
Cada plato es un pequeño y sofisticado espectáculo para los sentidos. Suena a
lugar común, pero es la esencia de acudir a estos selectos lugares. Toda la
conversación que se mantiene frente a la divertida suculencia de los diferentes
platos que te sirven, se centra casi exclusivamente en esos mismos platos, en
elaborar un pequeño discurso que los comprenda, en atisbar su composición,
captar el sabor desconocido de un alga de nombre imposible, en expresar y
admirar la originalidad o la excentricidad de una combinación de sabores o
texturas, en fin, se conversa sin parar en la novedad sin fin que supone esta
forma tan artística y heterodoxa de comer. Como era de esperar, Pepe nos viene
a saludar a los postres y a recibir, ufano, nuestras felicitaciones. Realmente
se las merece por las agradables dos horas y media que nos ha hecho pasar.
Nos merecemos también nosotros un
descanso prolongado, que el día ha cundido lo suyo, y mañana, más.
Me levanto temprano y recorro el
polígono industrial, desierto en este luminoso sábado de marzo, mientras Perico
duerme hasta una hora ciertamente aristocrática. La mañana la dedicamos a hacer
algo de turismo por las calles de Toledo: plaza de Zocodover, catedral,
Alcázar, barrio judío. Hacemos tiempo hasta la hora de comer. Vamos a Casa
Elena, en Cabañas de la Sagra, a unos 18 kilómetros de Toledo. Si estuviera a
180, merecería la pena, sin duda. Un menú degustación con maridaje de caldos de
la zona que pide a gritos el reconocimiento de los inspectores de la Guía
Michelin. Presentación exquisita de los platos, unas verduras tratadas con un
cariño maternal, en especial unas alcachofas que hacen olvidar otros platos del
menú, que en teoría serían los candidatos al primer premio. El arroz meloso, un
prodigio de textura y sabor, y los platos de pescado y cochinillo, de una
perfección en su ejecución sorprendente. Casa Elena es de esos sitios que,
egoístamente, no quisiera uno recomendar, para que no se popularice y pierda la
magia de un descubrimiento personal, secreto e intransferible.
De vuelta a Illescas aparcamos lo más
cerca de la plaza de toros que podemos. El paseo hasta la plaza está
animadísimo, el cartel lo merece, y eso que uno de los maestros se ha caído del
mismo: José María Manzanares ha sufrido un percance lumbar y no ha podido
venir. La plaza de toros de Illescas se puede decir que es de reciente
construcción. Data de 1997 y tiene la peculiaridad de que permite su uso como
plaza cubierta o a cielo abierto. El ambiente es excepcional, el graderío se va
cubriendo hasta su totalidad. Momentos antes del paseíllo se aprecia en uno de
los tendidos una algarabía de aplausos y comienza a oírse a la banda tocando la
Marcha Real. Es nuestro Rey Emérito Don Juan Carlos, que aparece acompañado de
su hija, la Infanta Doña Elena. Los aplausos, una vez que la plaza se percata
de la llegada y presencia de tan queridas e ilustres personas, se hacen
efusivos y generalizados. Es el momento en que dos jóvenes (un joven y una jóvena) aprovechan para irrumpir en la
arena con sendas pancartas en contra de la fiesta de los toros. Su protesta,
abucheada estrepitosamente por el respetable, dura lo que siete policías
nacionales tardan en llegar al centro del coso y llevarlos a rastras a la
puerta de chiqueros. Al margen de ideologías, los pavos estos le echan valor.
No les pasará nada, pero habrán cumplido con su cuota revolucionaria y
contracultural, un porrito y a dormir.
Al público se le veía con una enorme
expectación, con ganas de que el atractivo cartel respondiera a esas
expectativas. Morante, serio, muy observador, algo envarado, trazó una primera tanda
con el capote que iba arrancando olés no todos merecidos, pero la faena fue adquiriendo la efectividad necesaria para la
concesión final de una oreja. Sebastián Castella, que sustituía a Manzanares,
dio aproximadamente ciento cincuenta pases al toro, que no le supusieron premio
alguno, ya que alcanzar el record de pases solo otorga aburrimiento. Roca Rey
es otra cosa. No digo yo que el público no estuviera ya entregado desde por la
mañana, pero es que el peruano, arriesga y divierte, se nutre de pases al borde
del abismo, se adentra en profundidad y se encara a la testuz del animal en una
especie de sortilegio, hipnotizándole y con él, hipnotizando a los aficionados,
que insistieron al Presidente hasta que concedió los dos trofeos. Al margen de
lo que ocurre en el ruedo, tenemos a dos pollos pera delante de nosotros, que
se están fumando dos vegueros más grandes que ellos mismos y que les duran toda
la corrida. Acabo medio malo de las vaharadas de humo que me trago, pero qué le
vamos a hacer, cualquier día de estos lo prohíben, que prohibir está muy de
moda en estos tiempos.
El cuarto de la tarde y segundo de
Morante, malo de solemnidad, corto, achicado e incomodísimo. Morante sigue
envarado, más que serio, mosqueao. El
toro, que lo sabe, no va a colaborar y le vende al público los pitos que al
acabar le soplan al de la Puebla. El quinto de la tarde le ofrece al francés la
oportunidad, sólo en parte aprovechada, de hacer olvidar el primero de su lote.
Tiene estampa Castella y trenza algún que otro momento torero, pero es una
faena que cuaja poco, una tortillita poco hecha. Aun así la adereza el
respetable con una orejita pequeña, vuelta y vuelta, pero no al ruedo. El
último de la tarde no me acuerdo, ¿hubo un sexto toro? Juro que no lo recuerdo.
Tengo que mirar una reseña, parece ser que sí, que hubo un sexto toro, que no
parecía un toro, y Rey, lo que se dice Rey, tan solo el Emérito.
Ha sido una divertida tarde de toros.
Tardamos un rato largo en despejarnos de la congestión de tráfico y nos
dirigimos a Griñón, ya en la provincia de Madrid, a unos 16 kilómetros. El
restaurante al que vamos es La Romanée. No sé si Mario Sandoval tiene mucho o
poco que ver con este lugar. En cualquier caso nos decepcionó. No cenamos mal;
un menú corto, simplemente correcto, nada que llamase la atención; salón desierto;
el servicio muy mejorable (cada vez que nos servían vino—un Ribera Aalto—,
quedaban una serie de manchas, al menos dos cada vez, con lo que al final nos
juntamos con ocho manchurrones de vino cada uno. Los vasos para el agua eran de
publicidad, en concreto “Mahou”. Por último le pido al camarero, si lo tiene a
bien, me ponga los cubiertos, manía que tengo yo desde pequeño de no comer con
las manos). Nos da en la nariz que no volveremos a este sitio. Por hoy hemos
cumplido. Directos a Yuncos, donde está nuestro polígono toledano favorito.
Ya es de día, cómo pasa el tiempo,
Perico no come nada en el desayuno, yo pido una tostadita, y el camarero me
trae una rebaná de treinta y cinco
centímetros de largo, por catorce de ancho y por cuatro de alto. Imagino que
son las medidas estándar de las tostadas en los polígonos industriales, ya se
sabe, camioneros, obreros siderometalúrgicos, ferrallistas… Yo, para no hacerme
el tiquismiquis clasista y fachoso me la como en su totalidad. Nos queda un
largo camino hasta Olivenza, aunque antes hacemos nuestro trabajo turístico en
Badajoz, donde tenemos mesa reservada en el restaurante Lugaris. Recorremos el
centro de la ciudad, sus plazas, jardines, el Ayuntamiento, sus desiertas
calles comerciales, tomamos un vermut y nos dirigimos a las afueras en
dirección a Portugal, que es donde se encuentra el restaurante. Un pequeño
chalet acogedor, íntimo y tranquilo, muy bien atendido por una maitre servicial y entrañable. El vino,
un Riber Alión, lo acompañamos de una terrina de foie con vinagreta de frutos
secos y una tabla de quesos, mientras nos preparan una pierna de cordero para
Perico y un milhojas de secreto con cebolla y salsa de jamón para el que esto
escribe. Después, un café para analizar lo bien que hemos comido. No se
olviden: Restaurante Lugaris en Badajoz.
El gin-tonic lo tomamos al llegar a Olivenza, un pueblo bonito e
interesante, mitad portugués, mitad extremeño. La ciudad está en fiestas. Aquí
se viven los toros de una manera especial. Portugal se vuelca y España comienza
como quien dice la temporada taurina. El sol luce como en un pasodoble y la
animación fluye por calles y plazas en un estruendo de música y jolgorio
controlado. Nos acercamos a la plaza de toros, situada en alto, dentro del baluarte
de la ciudad. Se ve que es una plaza antigua (me informo, se construye sobre
1868) y tiene un aforo reducido (me informo: 5.600 espectadores). No tengo más
remedio, lo siento, pero tengo que hacer un comentario, no sé si machista,
sexista, o lo que sea, sé que varios millones de conciudadanos (conciudadanas)
así lo considerarán, pero hay que ver la cantidad de mujeres guapas que se ve
en una plaza de toros, es algo digno de estudio, mujeres de “bandera”, como
dirían mi padre o mi abuelo. Sé que hay una especia de morbosa filosofía o
truculenta metafísica que asocia lo conceptos de sangre, peligro, belleza, sexo
y muerte, una simbología pagana y mitológica que entronca ritos ancestrales y
liturgias esotéricas y que se aprecia y refleja en las expresiones festivas y
culturales de todos los pueblos. Bueno, pues eso.
Morante de la Puebla está hoy hasta
más delgado (menos gordo), hasta sonríe, algo bueno le ha tenido que pasar de
ayer a hoy. Se le ve, o le veo, más flexible, más entonado, con capa y muleta
va enlazando cosas bonitas en el primero de la tarde, se le ve distinto, más
encajado y torero que ayer en Illescas. Se le premia con razón desde la
Presidencia con una oreja. Sí señor. Con el cuarto, quizás el peor del lote,
sólo se luce en las chicuelinas en el quite y poco más. Así que a la Puebla a
descansar del finde. Roca Rey vio y dejó pasar un toro, segundo de la tarde, con
un tic nervioso en las cervicales, molesto de verdad, algo que le impidió realizar cualquier tarea
que no fuera con los hierros de matar. Pero en el quinto las tornas cambian, y
aunque el toro no tenía lo que se dice una embestida fina, Roca Rey le exprime
con poderío el corto trayecto y en una loseta y media le da cuerda al toro, que
va y viene obediente, pero avieso, porque en una de estas le da la vuelta por
el aire al peruano, aunque sin consecuencias, gracias a Dios. Valiente hasta el
final, se lleva a casa las dos orejas como es debido. Ginés Marín, según mi
pobre entender, fue el triunfador de la tarde. Es la victoria de la
inteligencia. Hizo con sus dos toros lo que había que hacer y lo hizo bien.
Entendió las alturas de la embestida y la deriva que tomaban los pitones en
cada momento. Con 22 años este matador demuestra una sabiduría de gente
antigua, de toreros maduros que rondan ya el retiro. Una oreja en cada toro y a
hombros por la puerta grande acompañando a Roca Rey, o Roca Rey acompañando a
Ginés Marín.
Y vámonos para Sevilla. Ha sido un
fin de semana bien aprovechado en lo gastronómico, en lo turístico y en lo
taurino. La próxima estación de penitencia, porque a nosotros ni nos gusta
viajar ni nos gusta comer ni nos gustan los toros, lo hacemos para purgar
nuestros numerosos pecados, la próxima estación, decía, será, si Dios y el
tiempo lo permiten, en Morón de la Frontera, donde reaparece el gran Jesulín de
Ubrique. ¡Tiembla, José Tomás!