domingo, 26 de mayo de 2019

10 de mayo de 2019


Plaza de Toros de Sevilla. La Maestranza

               Morante de la Puebla
               José María Manzanares
               Pablo Aguado

Restaurante:

               Fluvial (Sevilla)


          La luz de Sevilla, esa cosa grande que se respira y que nutre tanto como el aire, es algo que desborda hoy por las costuras de un día pleno de sevillanía, desaforado y a la vez ensimismado en su fuero interno hecho de alegría y gozo. Y además es viernes de Feria. Y además, tarde de toros. Un paseo por la zona del arquillo del Postigo del Aceite, turistas de muchos colores, caras que te sonríen no se sabe muy bien porqué, el mediodía estancado en un arrebol de campanas que quizás ni hayan sonado, en un aroma de azahar ya inexistente; todo lo que de bueno y sabio tiene esta ciudad concentrado en la palma de la mano, en la palma de tu mano, y la abres y con sevillana bondad dejas que ese algo vuele y se expanda como el ave de concordia y dicha que hoy Sevilla se merece.
          Hemos salido con la euforia de los treinta años, que Perico y yo cuadruplicamos con creces, vamos a comer y después a los toros, y después a lo que la tarde disponga. La Barra de Inchausti en la calle Tomás de Ibarra no es mal sitio para empezar. Una manzanilla Papirusa y unos animalillos marinos que aquí llamamos gambas (creo que en Huelva también), nos abren boca para ir animosos hasta el Paseo de Colón, donde en el número 3 han inaugurado un nuevo hotel, Hotel Kivir, cuyo restaurante, Fluvial, también ha abierto sus puertas hace escasa fechas. Es un local amplio, luminoso, ornado con grandes cuadros que, en un estilo lejanamente impresionista, representan todos los puentes que cruzan nuestro cercano río Guadalquivir a su paso por la ciudad de Sevilla. El sitio ejemplifica eso que modernamente se denomina gastrobar, palabra, por cierto, espantosa, que me recuerda a algún tipo de disturbio digestivo de características vergonzantes. En estos comercios del comer moderno la carta es de una ambigüedad pasmosa, nunca sabes si lo que pides es una tapa exigua o una ración exagerada. “Lomos de sardina ahumada en pan de cardamomo y compota de pimiento asado”, de primero; “Nuestra versión del pato a la naranja con cremoso de patatas y peras al vino tinto”, de segundo; y de postre, “Tarta tibia de masa quebrada, caramelo salado y nueces”. Primero y segundo, aceptables. Postre excesivo para ser eso, un postre; más propio para una merienda o una fiesta de cumpleaños. El champán Mumm, con el que hemos acompañado la pitanza, ha ido de lujo y nos ha distendido la musculatura facial en una sonrisa tontona y dadivosa. Hasta nos unimos a la conversación de un par de matrimonios, uno de ellos mejicano, que platicaban sobre toros y toreros de uno y otro lado del Atlántico. Perico pone orden contundente y preciso ante ciertas inexactitudes de nuestros vecinos comensales y todos tan amigos.
          La Maestranza dista del restaurante Fluvial unos ciento cincuenta metros. El gentío se adensa a medida que nos acercamos; a la entrada se agolpa el famoseo destellante; el ver y el que te vean es un ritual de importancia en Sevilla; la alta burguesía, la aristocracia local, ganaderos, toreros, artistas, maestrantes, políticos en auge, famosos y famosillos, algunas mujeres de belleza inaudita (supongo que también hombres, pero no trabajo ese género y, por tanto, no me fijo). En fin, la ciudad en su cenit de color y clamor, ajena a los avatares del mundo, Sevilla mirándose a sí misma en ese espejo que la deforma para bien, haciéndola más seductora, engañosa y una pizca perversa, pero arrebatadora y subyugante como la mujer soñada. Entrar en la Maestranza es como adherirte a una liturgia pagana en la que van a conocerse por fin los secretos ancestrales de una civilización. En el juego de arte, magia, rito y muerte, que va a desarrollarse en la arena estamos todos representados, y nuestra pasión, nuestro anhelo, nuestro destino, se van poner a prueba en el momento que suene el primer clarín de la tarde.
          ¡Y qué tarde! De las que dentro de muchos años, si Dios quiere que los vivamos, podremos decir aquello de “yo estuve allí”. La tarde de las 6 orejas 6 en La Maestranza; la tarde en que Morante sorprendió ejecutando el quite del bu y en la que enjugó con un pañuelo la lágrima del toro; la tarde en la que Roca Rey recibió a portagayola su primero; la tarde de la coronación de Pablo Aguado como figura indiscutible del toreo. El respetable no cree lo que está viendo, esa conjunción de pura magia, de arte sin fisuras, de bendecida emoción; es la euforia del sentimiento compartido por miles de feligreses que han asistido a una liturgia, a un rito que no siempre florece, que no siempre hace vibrar, pero que hoy ha roto las barreras de la simple comprensión de las cosas y nos conduce a ver el mundo del toro desde una perspectiva nueva, más esencial, más profunda y más humana. Hablar de las medias verónicas de Morante, de sus tandas con la derecha, de su paciencia infinita frente a la agonía del animal; hablar del valor de Roca Rey en el cuerpo a cuerpo de sus chicuelinas, en su temple con la rodilla en tierra; hablar, claro que sí, porque hay que hablar de ello, y mucho. Pero el mundo y el tiempo se han parado dos veces la tarde de este 10 de mayo cuando Pablo Aguado se ha hecho cuerpo y alma en este albero sevillano, toreando por bajo una melodía que tan solo él sabe interpretar con los instrumentos de siempre, pero con una sabiduría lejana y un virtuosismo despacioso y sereno que nos ha dejado brotando lágrimas y con la melancolía feliz de haber asistido y degustado un ramalazo de eternidad.
          El Paseo de Colón bulle en un hormigueo de colores, con Pablo Aguado a hombros atravesando la Puerta del Príncipe, el cielo acogiendo los azules desvaídos que se esconden en Triana, en medio el río que todo lo ve y que todo lo sabe, y a lo lejos los anhelos de la feria en un sospechado clamor de gentío. Caminamos absortos en la historia de esta ciudad tan regida por sus tropismos festivos, tan embaucada por los guiños que la felicidad pasajera, que la fiesta, propone en cada esquina. Llegamos al Hotel Alfonso XIII. Su glorioso patio neomudéjar se decora como una gran caseta en estos días de feria. Una nutrida y variopinta constelación de gente foránea (manera cursi que tengo yo para decir que había guiris pa aburrir) llenaban el impluvio (manera cursi que tengo yo para referirme al patio). Nos tomamos una agüita mineral sin gas, que estamos sequitos, y un gazpacho que es una sopa fría muy nutritiva y refrescante muy corriente por aquí. De allí, Agustín en su MyTaxi, nos deposita en nuestros respectivos palacetes.
          ¡Qué día más bueno, Primo!

4 – 5 de mayo 2019


Marenostrum Music Castle Park. Fuengirola (Málaga)

               Bob Dylan with His Band

Restaurantes:

               Los Marinos José (Fuengirola) Málaga
               Bibo (Marbella) Málaga

Hotel:
               Hotel Florida Spa (Fuengirola) Málaga


          Cuando termina el paseo marítimo de Fuengirola en dirección este, unos metros antes de que comience Benalmádena, hay un restaurante que se llama Los Marinos José. Al mediodía de este cálido 4 de mayo iremos a comer allí, pero resulta que hemos llegado en tren a la estación de María Zambrano de Málaga capital con tiempo más que suficiente de disfrutar de ella un poquito (me refiero a Málaga, claro, no a María Zambrano la pobre, que en paz descanse). Esta ciudad comprendo que es mi debilidad, cada vez que vengo me gusta más. Perico, por desconocidos motivos, no comparte mi atracción y va refunfuñando por las esquinas como alma en pena. La oferta cultural de Málaga es prodigiosa y vamos al menos a aprovecharla en las pocas horas que tenemos. Nos dirigimos al museo Carmen Thyssen, donde a parte de su colección permanente llena de esplendor, presenta una temporal titulada “Perversidad. Mujeres fatales en el arte moderno (1880-1950)” que da por más que amortizado el viaje a la ciudad. Una revisión de la imagen pictórica de la mujer en su aspecto más objetual, más sexualizado, más simbólico, en su evolución desde finales del XIX hasta mediados del XX. Se pueden disfrutar obras de Klimt, Kees Van Dongen, Man Ray, George Grosz, Picasso, Dalí, Zuloaga, Anglada-Camarasa, Julio Romero de Torres… Un auténtico banquete de obras mayores de artistas más que consagrados, que se complementa con otra exposición temporal más pequeña, que nos muestra varias docenas de ilustraciones de Blanco y Negro, revista que recogía a principios del siglo XX, el trabajo de exquisitos ilustradores que recreaban de manera magistral la moda, sobre todo femenina, que llegaba de los grandes emporios parisinos de la alta costura  e imágenes del glamour sofisticado de aquellos felices años veinte.
          Alquilado el vehículo apropiado, nos dirigimos al Hotel Fuengirola Spa, hotel que tiene la peculiaridad de ubicarse en Fuengirola y de poseer entre sus instalaciones un spa. Es interesante anotar que a cincuenta metros de la entrada de este hotel se halla el monumento a Juan Gómez González (Juanito), insigne futbolista de varios equipos (Burgos, Real Madrid, Málaga) fallecido en desgraciado accidente de tráfico en 1992. Al haber nacido en Fuengirola, el monumento se decidió erigirlo en esta bella localidad malagueña, haberlo hecho en Tafalla, provincia de Navarra, no hubiera sido procedente. Con sol no hiriente nos encaminamos paseo marítimo arriba hacia el restaurante Los Marinos José, un lugar que araña cada año sin conseguirlas, las ansiadas estrellas michelináceas, aunque, según mi parco criterio, ni puñetera falta que le hacen las consabidas estrellitas. Simplemente se come de maravilla, Perico es asiduo, uno de los dueños (Pablo o José, no recuerdo) lo abraza fraternalmente, y comenzamos con premura a degustar las exquisitas viandas marineras que ofrece cada día, según mercado, este paraíso marítimo de la gastronomía. Poseen los hermanos una pequeña flota pesquera con la que se autoabastecen del pescado más fresco del planeta. Los mariscos son del día, con lo que no se puede ir a buscar percebes, aunque ayer sí los había y a lo mejor también mañana, pero hoy no. Comenzamos con unas almejas que hablan, y seguimos con una gamba roja que canta y con un bogavantito frito que recita. Estos señores han hecho del acto de freír pescado un arte, un juego imposible entre temperaturas, aceites y harinas, que convierten un boquerón en una filigrana mitológica. Tras una bandejita de estos animalillos de Dios y un platito de ensaladilla que rima con maravilla nos dejamos aconsejar y nos sirven un suculento besugo de Conil, al que habría que solicitar al alcalde y a los miembros del Consistorio colineño me lo hagan hijo predilecto de la ciudad. ¡Cosa más rica! Creo que tomamos postre, pero no nos acordamos, el recuerdo se centran en lo que tiene que centrarse (lo del árbol que no deja ver el bosque, si es que esta metáfora viene aquí a cuento, quizás no, yo qué sé). De lo que sí me acuerdo es del vino una botella magnum de V Malcorta, nombre del vino y de la casi extinta uva del mismo nombre, un intenso vino blanco de Rueda de gran acidez, que entra con tanta rapidez como el recordado Juanito entraba al área por la banda derecha. Hay que mencionar, porque es algo digno de tal mención, la extensa y trabajada carta de vinos de Los Marinos José, y, particularmente, la increíble oferta de champanes, nada más y nada menos que diecisiete páginas con algo así como 250 referencias, algo que dudo sea frecuente incluso en la hostelería gala. Sitio en definitiva para volver, dada la imposibilidad de poder quedarse a vivir de manera continuada y estable.
          Hacemos la digestión en el Fuengirola Spa, mientras los operarios del tour de Bob Dylan van conformando el escenario donde dentro de algunas horas echará a cantar el bardo de Minnesota. Sobre las ocho de la tarde nos encaminamos, paseo marítimo abajo, en dirección al Castillo de Sohail, que levanta sus almenados muros en una suave colina sobre la desembocadura del río Fuengirola. En su estribación más costera, casi a pie de playa, se ha levantado el escenario; frente a él los asientos se van poco a poco ocupando por un público diverso, cuya media etaria es alarmantemente alta, como cabía esperar: cincuentones con camisetas roqueras al borde del big bang abdominal; cincuentonas con minifalda mostrando unas piernas que fueron, pero que ya, no; mucho guiri senecto de pupila cervecera; mucho autóctono septuagenario y añorante de pelambrera grasienta; incluso una venerable anciana de vestido florido y con su inseparable bombona de oxígeno adosada, que no quería perderse el evento musical de esta noche. Pero, al fin y a la postre, todos ellos y nosotros imbuidos de la idea de que a Dylan es muy probable que esta sea quizás la última oportunidad de oírlo en vivo y en directo. Los años nos atraviesan a todos por igual, aunque a él, parece que algo menos.
          El concierto comienza puntual, aparece Bob Dylan y a todos los hombre y mujeres de bien que allí estamos se nos rayan los ojos con sendas lágrima de emoción. En el escenario hace acto de presencia nuestra lejana y eterna juventud con traje gris. Se coloca en su teclado, la banda toma sus instrumentos y da comienzo el concierto que no olvidaremos nunca. Sin dejar de lado ramalazos a la nostalgia (Like a Rolling Stome, It Ain’t Me Babe, Blowin’ in the Wind…), Dylan hace un extenso repaso al último tercio de su carrera, apoyado en la excelencia de una banda soberbia, que funciona como ente autónomo en perfecta simbiosis con el más mínimo cambio de modulación o cambio de textura rítmica del líder. Rock, folk, blues, jazz, toda la tradición de la música norteamericana se abraza en el compendio enciclopédico de sabiduría musical que desarrolla y representa este mito viviente, que a sus 78 años sigue teniendo cosas que decirnos con la emoción de sus canciones. Una noche para el recuerdo. Con la brisa marina, ya de regreso, entre miles de asistentes felices y algo cariacontecidos, tomamos algo por el centro de Fuengirola y nos vamos al hotel.
          
          Ayer murió Alberto Cortez, poeta y cantautor argentino, que adornó con su voz sustanciosa y fraterna ciertos momentos de mi añorada juventud. Descanse en paz, al igual que deberían descansar en paz todos los muertos, Franco incluido, al que unos inconsecuentes, que no lo conocieron, no dejan que sus cenizas se pierdan en el devenir del tiempo. Menos mal que hoy el día amanece como si estuviéramos en la Costa del Sol. Una hora de paseo por la playa mirando al mar, que parece un cristal pulido, una amatista bruñida; una brisa mínima y una luz máxima que adormecen y a la vez dinamizan el espíritu. Desayunamos en el Paseo Marítimo frente al Monumento a la Peseta y nos vamos a hacer algo de turismo por la costa. Atravesamos la parte primigenia de Benalmádena y luego visitamos la estupa (templo tibetano) más grande de Europa, con sus 33 metros de altura y sus increíbles vistas, que dominan toda la costa. Llegamos a Banús y vagabundeamos puerto arriba y puerto abajo. Tomamos el aperitivo correspondiente analizando la eslora de nuestro futuro yate, y si lo vamos a adquirir con o sin helipuerto, y en caso afirmativo, si para uno o dos helicópteros. Cerca de donde estamos pasan varios coches creíbles y varias mujeres increíbles, lo que demuestra que no todo lo que vemos lo puede procesar nuestra mente, por lo que, queda claro, el más allá existe, sin duda. Tras ímprobos esfuerzos aparcamos en Puente Romano, el lugar más emblemático quizás de Marbella, un hotel creado por el arquitecto boliviano Melvin Villarroel, cuya característica principal sería que la parte construida no quede a la vista, sino inmersa en la vorágine de una feraz naturaleza ya sea esta artificial o no. En el interior de esa sofisticada jungla hay un pequeño puentecito romano (que da nombre a todo el complejo), detrás del cual se halla el Restaurante Bibo, uno de los locales en Marbella de Dani García, el más dinámico, quizás, de nuestros jóvenes y afamados chefs.  Empezamos con unos entrantes (¿pleonasmo?): ensaladilla rusa con huevos de codorniz, tapa de yogur de foie, tortilla española con setas okonomiyaki, alitas de pollo del señorito, croquetas cremosas y guacamole hecho al momento. Continuamos con el plato fuerte: tartar de lomo alto de atún (Perico) y steak tartar (yo). Para finalizar, el postre: sol de Marbella y arroz con leche fresca. El sol de Marbella es una de las grandes obras maestras de Dani García, donde una sorprendente esfera luminosa se licua en un pequeño mar de naranja, azahar y almendra. Ya que estamos en Málaga, tomamos un vino de por aquí, Cortijo de los Aguilares. Todavía nos da tiempo de un café antes de llegar a la estación, donde nos despedimos de María Zambrano, de Bob Dylan, de Dani García, de la Baronesa Thyssen, de Pablo y José (de los Marinos), de Juanito y de todos aquéllos que nos han hecho pasar un fin de semana inolvidable.          

jueves, 16 de mayo de 2019

6 - 7 de abril de 2019

Plaza de Toros de Guadalajara. Las Cruces

               Morante de la Puebla
               El Juli
               Ángel Téllez (Alternativa)

Restaurantes:

               El Doncel (Sigüenza) Guadalajara
               Nöla (Sigüenza) Guadalajara
               Lino (Guadalajara)

Hotel:
               Posta Real (Sigüenza) Guadalajara


          La campaña electoral se retuerce, se inflama y se va infectando día a día con un poco más de virulencia. La derecha se fragmenta, el voto indeciso crece y crece, el juicio del procés continúa despejando la zanja del estercolero, se habla de Franco y de eutanasia, Venezuela sigue en el abismo y el Barcelona sentencia la liga. Sevilla lleva unos días revolucionada con la visita de Barack Obama, que viene a conferenciar en la Cumbre Mundial del Turismo, por supuesto de manera desinteresada. La Sra. May va cada día pareciéndose más a su tía Mildred, se ve que tiene problemas. Aun así, la sala VIP del Ave en Santa Justa nos acoge tempranito con su oferta de cafelitos maquineros y pastelillos embutidos en celofán. Cumplimentamos en cuarenta segundos el expediente del desayuno y nos disponemos, cómodos y relajados, en los asientos que tenemos asignados en el tren de alta velocidad a Madrid. Tras la lectura de los periódicos del día y una ligera cabezada, llegamos a Atocha. Alquilamos en Europcar un bonito y potente coche blanco y nos vamos en dirección Sigüenza. No hay una sola habitación en Guadalajara, como siempre ocurre cuando hay toros en localidades pequeñas o medianas (ya nos pasó en Illescas y nos seguirá pasando). No obstante es una delicia poder estar, aunque sea un día, en un pueblo tan espléndido como Sigüenza.
          La ciudad domina el valle desde su poderoso castillo del siglo XII, que actualmente alberga el Parador de Turismo. Desde esa altura y vuelta la mirada hacia la ciudad, se aprecia un conjunto medieval de iglesias, puertas de muralla, casonas y conventos, que se apiñan en un todo monumental sobrio y pétreo de sólida belleza, esa belleza histórica tan marcadamente española y tan cargada de prosapia y añosa nobleza. De allí parte un dédalo de empinadas callejuelas que desemboca en la Catedral de Santa María y en la Plaza Mayor. Por una de esas callejuelas llegamos al hotel. No sé cómo lo hace, pero Perico aparca siempre a pocos centímetros del lugar al que vamos, da igual que sea un callejón medieval, como el de hoy, o la meta del Tourmalet una tarde de Tour. El hotel se llama Posta Real: limpio, amplias habitaciones, silencio monacal y céntrico. Es una casa de piedra, como casi todas las de Sigüenza y se halla cerca de todo lo que hay que ver. Salimos a cuerpo gentil y comienza a caer una cosa que no es agua y que tampoco es nieve, por tanto es aguanieve. En una tienda extrañísima, atendida por dos ancianos extrañísimos, compro un paraguas. Es una especie de bazar algo siniestro que vende de todo, desde artículos religiosos a sifones con su rejilla de metal. Perico, inopinadamente, se pone a charlar con un sacerdote que está a nuestro lado de cháchara con los decrépitos dueños. “Yo le conozco, usted sale en la tele”, le increpa. Y efectivamente, el buen hombre de Dios sale en no sé qué programa de no sé qué cadena. Cada día me sorprende más este tío. Nos despedimos y nos vamos ya, con mojada incluida, hacia la Catedral. Allí nos acoplamos a un grupo de personas mayores (¿y qué somos nosotros?), y de esta manera ilegal accedemos a las zonas de pago sin pagar (no ha sido nuestra intención). Así que podemos ver el claustro gótico adosado a la Seo, la sala de tapices, la pequeña estancia donde reposa una luminosa Anunciación de El Greco y la capilla donde se encuentra el famoso Doncel de Sigüenza, emblema de la historia de la ciudad. Ya fuera de la visita guiada admiramos el retablo plateresco de Santa Librada y el retablo gótico de San Juan y Santa Catalina, obras que merecen una contemplación pausada y serena, sentado en uno de los bancos. Ambos son un auténtico derroche de imaginación y colorido. La hierática imagen de Santa María la Mayor nos despide de esta más que interesante aventura catedralicia.
          Una gestión bancaria rápida y un vermut también rápido nos abre el apetito (más el vermut que la gestión bancaria). Nos volvemos a encontrar al cura televisivo, al que Perico le pregunta por el restaurante al que vamos; amablemente nos dirige y amablemente declina la invitación a comer con nosotros que le propone Perico. Restaurante El Doncel, una estrella Michelin. Menú degustación. Vino: Pintia (Toro), que es un vino al que ya nos hemos aficionado de manera adictiva. De los aperitivos nos sorprenden los chips de morcilla, unas inverosímiles papas a la brava y el torrezno 4x4. De los pases, propiamente dichos, los callos melosos de bacalao, el corte de foie y algodón, y la corvina en infusión de té, se llevan el oro, la plata y el bronce, respectivamente. Las presentaciones son de lo más imaginativo: desde platos fluorescentes a hormigas gigantes de metal que transportan las viandas a sus espaldas. Las texturas de queso son el postre perfecto y exquisito para un menú muy trabajado y merecedor sin duda de la excelencia con la que ha sido premiado este magnífico restaurante. Un gin-tonic en la Plaza Mayor nos atempera la digestión y nos da el humor necesario para subir la cuesta, que nos llevará al hotel y a la siesta que nuestros cuerpos necesitan y merecen.
          A última hora de la tarde, con una discreta llovizna y un frío soportable deambulamos por las adustas calles de Sigüenza, por sus plazuelas de piedra, en dirección al Castillo. A través de sus patios, salones y galerías rendimos pleitesía y emocionado recuerdo a Doña Blanca De Borbón, encerrada en una torre de este alcázar por su marido, Pedro I de Castilla, allá por el siglo XIV, siglo este muy dado al encerramiento en torres de bellas damas de la aristocracia por un quítame allá esas pajas. Salimos de la fortificación en pos de las viandas nocturnas que, aunque no nos las merecemos, dado el poco consumo energético realizado durante la tarde, damos buena cuenta de ellas en el restaurante Nöla, sito en la auténtica e histórica Casa del Doncel, en la Plaza de San Vicente. Migas con morteruelo y unas albóndigas de jabalí no pueden hacer daño a nadie. El camarero nos oye el acento y se dispone a ser gracioso, muy gracioso, y a gastarnos bromitas. No le disparamos porque hemos dejado las pistolas en el armero para que las engrasara. Quitando el baldón del mozo, el restaurante es de mérito, aunque mejor visitarlo a mediodía.
          La noche ha sido, creo, como todas las noches, pero sin duda más silenciosa, más densa, y el sueño más espeso. Unos churritos para desayunar frente al Parque de la Alameda y nos despedimos de Sigüenza llevándonos un recuerdo francamente grato. Llegamos a media mañana a Guadalajara con tiempo suficiente para ejercitar nuestro turisteo implacable. En la Concatedral de Santa María, primera parada de nuestro periplo caracense, nos encontramos con el funeral de alguien que en vida tuvo que ser un estimado prócer de la ciudad, dada la cantidad y calidad del gentío que lo arropa en su último acto público y que llena los bancos de la basílica. Que Dios lo guarde en su santo seno. Un poco más adelante en la misma calle encontraremos el Convento de la Piedad, con su jardín umbrío y escalonado y enfrente, la Iglesia de Santiago el Mayor, sede de la Hermandad de la Esperanza Macarena, advocación de la imagen del mismo nombre, que se encuentra en la Basílica de la Macarena de Sevilla. En esta iglesia se halla también un sacerdote joven y dinámico, además de uno de los más pesados de la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha. Nada más entrar nos coge por banda y nos pormenoriza las excelencias arquitectónicas, históricas y espirituales del templo (que, todo hay que decirlo, no es nada del otro mundo). Además nos indica que no dejemos de admirar el techo abovedado de una de las capillas recientemente restaurado, para lo cual sería una pena que no introduzcamos un euro en el dispositivo que enciende las luces artísticas dispuestas a tal efecto. Ya Perico se dispone en dirección a la puerta, momento en el que un hecho milagroso acontece en el centro de la nave: dos atractivas señoritas entablan conmigo en el centro de la nave una agradable conversación, interesándose por nuestro lugar de procedencia y por el motivo de nuestra visita a Guadalajara. Dejando al conspicuo e inefable párroco con la palabra en la boca salimos del recinto sagrado y caminamos un trecho por la calle con tan agradable compañía. Caballerosos, fieles a nuestras esposas y con dignidad torera las despedimos y las emplazamos a un nuevo saludo si las vemos en la plaza de toros, motivo por el que también ellas, según nos comentan, han acudido desde Madrid. En resumidas cuentas, he ligado o me han ligado, aunque la cosa no haya ido a más, y en una iglesia. ¡Toma ya! Mi autoestima se eleva por encima del Aconcagua, aunque Perico se encarga de reducir la cota de dicha elevación aduciendo los probables aviesos fines que perseguían las monísimas aficionadas al mundo del toro. Entre su innata suspicacia y mi cromosómica ingenuidad se debate y se disipa ésta más que efímera fantasía erótico-manchega.
          Nuestros pasos nos acercan a la joya alcarreña por excelencia, el Palacio del Infantado, bellísima mansión palaciega de nacimiento gótico y juventud renacentista, que atesora en su interior un impresionante patio de doble arcada, llamado de los Leones, que fue testigo de los desposorios de Felipe II con Isabel de Valois, hace ya algunos años. Nos imaginamos el convite y la barra libre, aunque el Segundo de los Felipes no parece que fuera jacarandoso en exceso y más bien apretadillo en cuanto a dispendios de maravedíes se refiere. Al bajar la escalinata de acceso al palacio, ¿quién dirán ustedes que las está subiendo? Efectivamente, Santiago Abascal. Le saludamos efusivos, pero con más efusividad nos saluda él, como si nos conociera del parvulario. Está claro que hoy está siendo un día de encuentros. A las 12 horas nos metemos en una cafetería con el fin de escuchar, a través del móvil, el Pregón de la Semana Santa de Sevilla, que este año lo pronuncia la periodista Charo Padilla, sobrina política de mi amigo Perico. Complicaciones técnicas nos hacen desistir de escuchar la retransmisión en su totalidad, aunque sí nos tragamos enterito el plomizo discursito previo del señor Concejal de Cultura. Necesitamos un copazo y cubrimos esta necesidad en el bar La Carrera, en la Plaza de Santo Domingo. Y de allí, con parsimonia y adusta apostura nos dirigimos a visitar la Iglesia de San Ginés, y de allí al restaurante Lino, en el que, de momento, no hay un alma, lo que no es óbice para que tarden una eternidad en servirnos la comanda. Lomo de buey a los tres purés (espuma de ajo, puré de patatas y compota de orejones), él; filete de solomillo con medallón de foie y milhojas de patatas, yo. Compartimos previamente una tabla de quesos de la zona y una botella de vino (Pintia de Toro). Bueno, no ha estado mal, pero el servicio ha sido algo desangelado y distante, con lo cercanos y afectuosos que somos nosotros, no lo entiendo. Para hacer tiempo, no tomamos un gin-tonic, de nuevo en el bar La Carrera, y de allí, ahora sí, nos vamos en dirección a la Plaza de Toros.
          El cielo encapotado, riesgoso y amenazante, se va conteniendo, y la gente tiene frío. La entrada, tres cuarto de plaza, Plaza de Toros de las Cruces, que se llama. Gradas de castigo, de las que clavas y te clavan las rótulas en los ijares, aunque al poco nos reubicamos en sitio menos traumático. Se pone a llover y florecen paraguas como hongos. Hoy veremos a un toricantano, término que designa al torero que va a doctorarse en el arte de la tauromaquia, Ángel Téllez, 21 añitos y toledano. Padrino y testigo, Morante y El Juli, respectivamente. Intercambio de trasto de matar y vámonos al lío.
          El Juli tiene frío, se le ve en la barrera con el capote puesto a modo de capote, pero de la Guardia Civil, mientras Morante enciende un puro habano que perfuma la plaza. Téllez demuestra que la gente es buena, que la gente lo quiere y que le da un cheque en blanco para un futuro próspero. Algunos aficionados comentan que todavía le queda mucho por aprender (¿y a quién no?). Aun así, se lleva tres orejas a su casa y una salida a hombros en el día de su ingreso en el gremio de los toreros doctorados. Ha puesto donoso empeño y ha afinado lo que ha podido con unos toros de recorrido corto, a los que ha matado con una soltura muy superior a la de sus compañeros de tarde. Morante aparece en el ruedo y brinda a mi colega de parvulario, Santiago Abascal, el primero de su lote, mientras el graderío, un clamor, se desgañita gritando: ¡Presidente!, ¡Presidente! El festejo taurino deviene en festejo electoral, el arte muta en un cateto show de aclamaciones vocingleras, que parece indicar que lo importante no está en la arena, sino en hacerse un selfish con el líder de Vox. En fin, Morante a lo suyo, a dejar algún trincherazo memorable, alguna serie redonda y a delirar con su primero, al que confunde con un acerico, propinándole 12 descabellos 12, después de dos avisos y antes de que lo recogieran las mulillas. En el segundo está más ajustado, nada del otro mundo, pero mata bien, lo que le vale una oreja y le hace salvar el expediente. El Juli, en soez competencia con Morante, le enfila 8 pinchazos 8 y una baja estocada a su primero, que le valen pitos varios en estéreo. El quinto se deja torear y lo torea menos de lo se le podría haber toreado, por eso se le otorga una menos que merecida oreja. La tarde ya está en modo lluvia. La corrida se ha salvado por los pelos. Así que nos vamos, que ya es tarde.
           Llegamos a Atocha con el tiempo justo. En el AVE planeamos ya el siguiente capítulo de este peregrinaje por las plazas de toros de España, que nos llevará, si Dios y el tiempo lo permiten, a Valladolid, casi a tiempo de disfrutar sus Fiestas Patronales en honor de San Pedro Regalado, patrón de la ciudad. Pero un día antes de este viaje, ¿no vamos a ir a la Maestranza en plena Feria de Sevilla?

24 de marzo de 2019


Plaza de Toros de Morón de la Frontera (Sevilla)

                     Pablo Aguado
                     Jesulín de Ubrique
                    Cayetano

Restaurante:

                     Cal Viva (Morón de la Frontera) Sevilla


          Este domingo de finales de marzo, en plena vorágine de precampaña electoral, en pleno baile de lacitos amarillos y quitaypón de pancartas por el noreste peninsular, y en medio del anglosajón estruendo del brexit, Perico y yo nos vamos a comer y después a los toros, como está mandao. A 62,8 kilómetros de Sevilla está Morón de la Frontera, no es como para ir andando, pero está a poco menos de una hora en coche. Es plaza importante de la Sierra Sur sevillana que linda con el noreste de la provincia de Cádiz. Partimos tempranito para que nos dé tiempo de dar una vuelta por la ciudad. El hombre del tiempo (Mariano Medina) decía que había posibilidades hoy de lluvia, pero Mariano se equivoca casi siempre, está mayor el hombre. Hace un día claro, con algo de aire serrano y algunas nubes inocuas y dispersas. Nos dirigimos a la Iglesia de San Miguel, la Catedral de la Sierra Sur, compendio de estilos arquitectónicos diversos que van del gótico al barroco, pasando por muchos otros, y con una torre que recuerda a la Giralda una cosa mala. Cerca de la catedral se encuentra la Iglesia del Antiguo Hospital de San Juan de Dios y la acogedora placita dedicada a la figura del gran poeta Fernando Villalón, nacido en Morón en 1881 y gran amante de la tauromaquia, mundo del toro y su lidia que llevó a sus obras en numerosas ocasiones. Seguimos deambulando por las calles de Morón, encontrándonos, al salir de comprar un par de décimos de lotería, con la hermosa fachada barroca de la iglesia de San Ignacio de Loyola y luego con la alegre plaza del Ayuntamiento. Tomamos un vermut en el Bar  Miguelito de la calle Nueva; Perico se endosa una tapa de cola de toro, y hace bien, no me vaya a coger endeblez. Nos vamos seguidamente en busca de la calle Marchena, donde se ubica el restaurante Cal Viva. Nada memorable en su decoración ni en su servicio, es decir, fenotipo normalito. Pero su esencia es otra cosa, se come muy, pero que muy bien. Comenzamos con una manzanilla pasada de Valdespino y luego con un Rueda blanco, que pedimos siempre que lo vemos: José Pariente. Un pulpo en su punto de cocción y unas alcachofas en su punto y aparte, riquísimas. Es un producto este, me refiero a la alcachofa, que debe estar de moda, y nos hemos fijado que la tratan de maravilla en muchos sitios de alto copete (qué gracioso lo de “alto copete”, Perico lo dice mucho, es frase del pasado siglo, siglo sólo gracioso en este tipo de cosas). Bueno, Perico pide otra cosa graciosa: entrecot de vaca finlandesa, no danesa ni noruega, no, finlandesa, la probamos y, efectivamente, es finlandesa, muy buena y sabrosa, con ese punto boreal que le dan los pastos del noreste de Helsinki. Los postres hablan árabe sin acento, un compendio de dátil, higo, almendra y miel para quitarse el turbante. Salimos más que satisfechos. A la salida nos espera Agustín, taxista de Morón, que nos deposita, amable y dicharachero, en el coso de reses bravas de Morón de la Frontera. La plaza tiene 19 añitos de edad y tiene la peculiaridad de que en sus bajos da cabida a varios bares de copas. En uno de ellos, atestado de aficionados sedientos, nos tomamos un gin-tonic y pegamos la hebra con cuatro paisanos castizos de verdad, camperos de cuero y callo, rurales de terrón y cincha, su estampa me impacta tanto, que les solicito la venia de hacerles una foto, cosa que aceptan con agrado, pero que por favor, me inquiere uno de ellos, le mande la foto por guasap, y por supuesto que se la mando con mucho gusto. Nos despedimos de ellos, compramos las almohadillas pertinentes para que nuestras nalgas sufran solo lo necesario y nos introducimos en la plaza.
          Esta tarde, nos guste o no, hemos de entrar de lleno  en el mundo rosa, en el sálvese quien pueda de lux, porque la corrida de toros de hoy (sólo hay que mirar por encima el cartel y aunque uno no sea aficionado), la corrida, decía, nos anuncia la vuelta a los ruedos, nada más y nada menos, que de Jesulín de Ubrique, ahí es , y por si esto fuera poco, acompañado de otra figura del toreo y también del llamado papel couché, Cayetano Ribera. Así que cadenas de televisión y reporteros de todo pelaje pululan por el callejón de la plaza en busca de una instantánea de la Campanario e de Eva González o de cualquiera de los miembros de la familia Janeiro. Por tanto, gran expectación en la plaza, tanto taurina como del corazón, corazón. La plaza no alcanza el lleno, digamos que se queda en los dos tercios o tres cuartos. Jesulín está hecho un atleta, mantiene una figura esbelta y dominadora desde las alturas de su porte, pero con la cortita elegancia de siempre; simpático, empático con el sector de la grada aclamadora y muy dadivoso en el número de pases; es el más deportivo de los toreros en activo. Brindó al gran novillero retirado El Mangui. Eficaz con el estoque, le vale las dos orejas del primero. Con el cuarto había muy poco que hacer y ese poco lo hizo.
          El viento empieza a revolear papelillos en el ruedo cuando sale Cayetano. El primero de su lote le incomoda con el cabeceo constante y lo lleva  hasta la hora de la muleta sin enhebrar una serie seria. Con el quinto de la tarde la cosa cambia; Cayetano empieza a sonreír y a disfrutar y a componer poses de plumilla clásica y taurina a más no poder, un muestrario de pases de pecho, claro que con un toro así, todo resulta más sencillo. Las dos orejas, para esta plaza, es un premio más que correcto. Por cierto que a mitad de la segunda faena de Cayetano, arriba unas cinco filas y a la derecha, una buena mujer se levanta y le canta al torero una cosa parecida a una saeta, algo que yo nunca he presenciado, aunque Perico sí. La señora canta de pena, da grima y un poco de vergüenza ajena. Por un momento el toro la mira y cabecea, como reconviniéndola para que deje de hacer el ridículo.
          Pablo Aguado no formaba parte del primigenio cartel de Morón, pero la cogida de Enrique Ponce en Valencia le ofrecía esta oportunidad que nunca olvidará en su, espero, larga carrera. Aunque estuvo correcto en su primero, con voltereta incluida, es, sin duda, en el sexto donde se ejercita en la perfección del arte del toreo. En una simbiosis simbólica y formal entre hombre y animal, Aguado se adapta al movimiento del toro y éste al movimiento del torero en un inacabable baile donde cabe toda la técnica y todo el arte a la vez. La gente, emocionada, comienza a pedir el verde pañuelo del indulto al Presidente, mientras Pablo Aguado hace con Toledano, que así se llama el animal, lo que quiere, y lo va encaminando lentamente a la puerta de donde salió. Por fin el toro es indultado, dos orejas y rabo para el matador, la grada con las lágrimas en libertad y el corazón rebosante de algo que no se puede, y a lo mejor ni se debe, explicar. Nos vamos con una sensación de auténtica plenitud, mientras los tres maestros salen de la plaza, por supuesto, por la puerta grande. De camino a Sevilla, ya de oscurecida, nos perdemos un par de veces antes de coger la autovía. Y además se nos ha pasado ir ver el Gallo de Morón. Las cosas nunca salen redondas.

8 – 10 de marzo de 2019


Día 9: Plaza de Toros de Illescas (Toledo)

                    Morante de la Puebla
                    Sebastián Castella
                    Roca Rey

Día 10: Plaza de Toros de Olivenza (Badajoz)

                    Morante de la Puebla
                    Roca Rey
                    Ginés Marín

Restaurantes:

                    Los Templarios (Monesterio) Badajoz
                    El Bohío (Illescas) Toledo
                    Casa Elena (Cabañas de la Sagra) Toledo
                    La Romanée (Griñón) Madrid
                    Lugaris (Badajoz)

Hotel:
               Carlos I (Yuncos) Toledo
         

          Qué mejor día para empezar estas crónicas turístico-gastronómico-taurinas que este luminoso 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Las ciudades se engalanan con el femenil aroma anunciador de la cercana primavera, también se aturden con las dispares disonancias de reivindicaciones ancestrales, que miles y miles de mujeres corean y expanden al viento en un ambiente políticamente festivo (o festivamente político). Agridulce alegría en las calles  y recóndita esperanza en los corazones de todas las mujeres y de los hombres de bien que las secundan.
          Un 8 de marzo que se oscurece a lo lejos si pensamos en nuestros hermanos venezolanos, que llevan sin luz un número eterno de horas, víctimas de la barbarie y la codicia de un leviatán con bigote.
          Pero vamos a lo que vamos. Y hablando de bigote, hasta esa misma localización corporal nos pusimos Perico y yo, sin querer, en el restaurante Los Templarios, espléndido lugar ya conocido por nosotros en la reciente aventura compostelana, cuando paramos en Monesterio: Croquetas majestuosas y cochino frito, y eso que nos íbamos a portar bien, que esta noche tenemos reserva en El Bohío. Pero qué le vamos a hacer, la carne es débil, y la de cochino, ni les cuento. La sobremesa la pasamos atravesando media península ibérica entre cabezazos siesteros por mi parte y algún que otro café en las gasolineras. Así hasta llegar a Yuncos, población situada a 5 kilómetros de Illescas. El hotel Calos I se halla en un polígono industrial feo, categoría 3a, según la escala de fealdad poligonal de Bruckman. Nos iremos dando cuenta de que en las pequeñas y medianas poblaciones, cuando hay toros, no hay habitaciones en los hoteles cercanos, de ahí que nos encontremos en este pueblito de Yuncos y en este correcto hotel poligonero.
          Repuestos del viaje y ya remozados nos acercamos a Illescas, para hacer algo de turismo antes de cenar, que es costumbre abridora y saciadora de apetito cultural, que ya del otro, como que andamos sobrados. El Arco de Ugena, única estructura que queda de la antigua muralla, bien iluminado, nos adentra en la parte antigua de la ciudad. Vamos con la idea de encontrar abierta la Iglesia de Nuestra Señora de la Caridad, hospital-santuario, que alberga nada más y nada menos, que cinco obras de El Greco, que plasman los hitos más significativos en la vida de la Virgen María. Son cinco obras mayores del genial artistas, que justifican el viaje a Illescas. Gracias a Dios, la iglesia está abierta y podemos disfrutar el tiempo suficiente para admirar lo que el recinto nos ofrece. A la salida del templo nos encontramos con el emblemático olmo “del milagro”, a cuya sombra descansaba Miguel de Cervantes cuando pasaba por la ciudad. Desde allí y serpenteando por calles estrechas desembocamos en la amplia plaza del Ayuntamiento y en la imponente Iglesia de Santa María. Ya en extramuros paseamos por la parte comercial, donde nos llama la atención la cantidad de barberías-peluquerías que nos encontramos por doquier, debe haber sin duda una enorme afición a atusarse los pelos entre la población illescana. El restaurante El Bohío está muy cerca y ya va siendo hora de entrar.
          Una estrella Michelin adorna la entrada de este restaurante, cuyo jefe de cocina es el muy popular Pepe Rodríguez, cara más que conocida del mundo televisivo gracias al exitoso reality Master Chef. Un local de tonos grises, algo frío, mesa amplia, mantel inmaculado, ningún ornamento superfluo, cuadros grandes impersonales, que representan a gran escala objetos de cubertería. Excelente carta de vinos y un menú tan largo como bien cuidado y exquisitamente servido. Nos abren una botella de Pintia, un vino de Toro de Vega Sicilia consistente y muy elegante a la vez. Cositas sorprendentes: sopa de albóndigas de boquerones, blini de morteruelo con foie gras, ropa vieja actualizada, guisantes con carbonara de coco y queso, buñuelo de liebre, la pringá del cocido con su caldo (nada que ver con la realidad), macarón de mango, helado de vinagre y café… En estos sitios se va a lo que se va, a sorprenderte desde el momento en que te sientas hasta el momento en que te levantas. Cada plato es un pequeño y sofisticado espectáculo para los sentidos. Suena a lugar común, pero es la esencia de acudir a estos selectos lugares. Toda la conversación que se mantiene frente a la divertida suculencia de los diferentes platos que te sirven, se centra casi exclusivamente en esos mismos platos, en elaborar un pequeño discurso que los comprenda, en atisbar su composición, captar el sabor desconocido de un alga de nombre imposible, en expresar y admirar la originalidad o la excentricidad de una combinación de sabores o texturas, en fin, se conversa sin parar en la novedad sin fin que supone esta forma tan artística y heterodoxa de comer. Como era de esperar, Pepe nos viene a saludar a los postres y a recibir, ufano, nuestras felicitaciones. Realmente se las merece por las agradables dos horas y media que nos ha hecho pasar.
          Nos merecemos también nosotros un descanso prolongado, que el día ha cundido lo suyo, y mañana, más.
          Me levanto temprano y recorro el polígono industrial, desierto en este luminoso sábado de marzo, mientras Perico duerme hasta una hora ciertamente aristocrática. La mañana la dedicamos a hacer algo de turismo por las calles de Toledo: plaza de Zocodover, catedral, Alcázar, barrio judío. Hacemos tiempo hasta la hora de comer. Vamos a Casa Elena, en Cabañas de la Sagra, a unos 18 kilómetros de Toledo. Si estuviera a 180, merecería la pena, sin duda. Un menú degustación con maridaje de caldos de la zona que pide a gritos el reconocimiento de los inspectores de la Guía Michelin. Presentación exquisita de los platos, unas verduras tratadas con un cariño maternal, en especial unas alcachofas que hacen olvidar otros platos del menú, que en teoría serían los candidatos al primer premio. El arroz meloso, un prodigio de textura y sabor, y los platos de pescado y cochinillo, de una perfección en su ejecución sorprendente. Casa Elena es de esos sitios que, egoístamente, no quisiera uno recomendar, para que no se popularice y pierda la magia de un descubrimiento personal, secreto e intransferible.
          De vuelta a Illescas aparcamos lo más cerca de la plaza de toros que podemos. El paseo hasta la plaza está animadísimo, el cartel lo merece, y eso que uno de los maestros se ha caído del mismo: José María Manzanares ha sufrido un percance lumbar y no ha podido venir. La plaza de toros de Illescas se puede decir que es de reciente construcción. Data de 1997 y tiene la peculiaridad de que permite su uso como plaza cubierta o a cielo abierto. El ambiente es excepcional, el graderío se va cubriendo hasta su totalidad. Momentos antes del paseíllo se aprecia en uno de los tendidos una algarabía de aplausos y comienza a oírse a la banda tocando la Marcha Real. Es nuestro Rey Emérito Don Juan Carlos, que aparece acompañado de su hija, la Infanta Doña Elena. Los aplausos, una vez que la plaza se percata de la llegada y presencia de tan queridas e ilustres personas, se hacen efusivos y generalizados. Es el momento en que dos jóvenes (un joven y una jóvena) aprovechan para irrumpir en la arena con sendas pancartas en contra de la fiesta de los toros. Su protesta, abucheada estrepitosamente por el respetable, dura lo que siete policías nacionales tardan en llegar al centro del coso y llevarlos a rastras a la puerta de chiqueros. Al margen de ideologías, los pavos estos le echan valor. No les pasará nada, pero habrán cumplido con su cuota revolucionaria y contracultural, un porrito y a dormir.
          Al público se le veía con una enorme expectación, con ganas de que el atractivo cartel respondiera a esas expectativas. Morante, serio, muy observador, algo envarado, trazó una primera tanda con el capote que iba arrancando olés no todos merecidos, pero la faena fue  adquiriendo la efectividad necesaria para la concesión final de una oreja. Sebastián Castella, que sustituía a Manzanares, dio aproximadamente ciento cincuenta pases al toro, que no le supusieron premio alguno, ya que alcanzar el record de pases solo otorga aburrimiento. Roca Rey es otra cosa. No digo yo que el público no estuviera ya entregado desde por la mañana, pero es que el peruano, arriesga y divierte, se nutre de pases al borde del abismo, se adentra en profundidad y se encara a la testuz del animal en una especie de sortilegio, hipnotizándole y con él, hipnotizando a los aficionados, que insistieron al Presidente hasta que concedió los dos trofeos. Al margen de lo que ocurre en el ruedo, tenemos a dos pollos pera delante de nosotros, que se están fumando dos vegueros más grandes que ellos mismos y que les duran toda la corrida. Acabo medio malo de las vaharadas de humo que me trago, pero qué le vamos a hacer, cualquier día de estos lo prohíben, que prohibir está muy de moda en estos tiempos.
          El cuarto de la tarde y segundo de Morante, malo de solemnidad, corto, achicado e incomodísimo. Morante sigue envarado, más que serio, mosqueao. El toro, que lo sabe, no va a colaborar y le vende al público los pitos que al acabar le soplan al de la Puebla. El quinto de la tarde le ofrece al francés la oportunidad, sólo en parte aprovechada, de hacer olvidar el primero de su lote. Tiene estampa Castella y trenza algún que otro momento torero, pero es una faena que cuaja poco, una tortillita poco hecha. Aun así la adereza el respetable con una orejita pequeña, vuelta y vuelta, pero no al ruedo. El último de la tarde no me acuerdo, ¿hubo un sexto toro? Juro que no lo recuerdo. Tengo que mirar una reseña, parece ser que sí, que hubo un sexto toro, que no parecía un toro, y Rey, lo que se dice Rey, tan solo el Emérito.
          Ha sido una divertida tarde de toros. Tardamos un rato largo en despejarnos de la congestión de tráfico y nos dirigimos a Griñón, ya en la provincia de Madrid, a unos 16 kilómetros. El restaurante al que vamos es La Romanée. No sé si Mario Sandoval tiene mucho o poco que ver con este lugar. En cualquier caso nos decepcionó. No cenamos mal; un menú corto, simplemente correcto, nada que llamase la atención; salón desierto; el servicio muy mejorable (cada vez que nos servían vino—un Ribera Aalto—, quedaban una serie de manchas, al menos dos cada vez, con lo que al final nos juntamos con ocho manchurrones de vino cada uno. Los vasos para el agua eran de publicidad, en concreto “Mahou”. Por último le pido al camarero, si lo tiene a bien, me ponga los cubiertos, manía que tengo yo desde pequeño de no comer con las manos). Nos da en la nariz que no volveremos a este sitio. Por hoy hemos cumplido. Directos a Yuncos, donde está nuestro polígono toledano favorito.
          Ya es de día, cómo pasa el tiempo, Perico no come nada en el desayuno, yo pido una tostadita, y el camarero me trae una rebaná de treinta y cinco centímetros de largo, por catorce de ancho y por cuatro de alto. Imagino que son las medidas estándar de las tostadas en los polígonos industriales, ya se sabe, camioneros, obreros siderometalúrgicos, ferrallistas… Yo, para no hacerme el tiquismiquis clasista y fachoso me la como en su totalidad. Nos queda un largo camino hasta Olivenza, aunque antes hacemos nuestro trabajo turístico en Badajoz, donde tenemos mesa reservada en el restaurante Lugaris. Recorremos el centro de la ciudad, sus plazas, jardines, el Ayuntamiento, sus desiertas calles comerciales, tomamos un vermut y nos dirigimos a las afueras en dirección a Portugal, que es donde se encuentra el restaurante. Un pequeño chalet acogedor, íntimo y tranquilo, muy bien atendido por una maitre servicial y entrañable. El vino, un Riber Alión, lo acompañamos de una terrina de foie con vinagreta de frutos secos y una tabla de quesos, mientras nos preparan una pierna de cordero para Perico y un milhojas de secreto con cebolla y salsa de jamón para el que esto escribe. Después, un café para analizar lo bien que hemos comido. No se olviden: Restaurante Lugaris en Badajoz.
          El gin-tonic lo tomamos al llegar a Olivenza, un pueblo bonito e interesante, mitad portugués, mitad extremeño. La ciudad está en fiestas. Aquí se viven los toros de una manera especial. Portugal se vuelca y España comienza como quien dice la temporada taurina. El sol luce como en un pasodoble y la animación fluye por calles y plazas en un estruendo de música y jolgorio controlado. Nos acercamos a la plaza de toros, situada en alto, dentro del baluarte de la ciudad. Se ve que es una plaza antigua (me informo, se construye sobre 1868) y tiene un aforo reducido (me informo: 5.600 espectadores). No tengo más remedio, lo siento, pero tengo que hacer un comentario, no sé si machista, sexista, o lo que sea, sé que varios millones de conciudadanos (conciudadanas) así lo considerarán, pero hay que ver la cantidad de mujeres guapas que se ve en una plaza de toros, es algo digno de estudio, mujeres de “bandera”, como dirían mi padre o mi abuelo. Sé que hay una especia de morbosa filosofía o truculenta metafísica que asocia lo conceptos de sangre, peligro, belleza, sexo y muerte, una simbología pagana y mitológica que entronca ritos ancestrales y liturgias esotéricas y que se aprecia y refleja en las expresiones festivas y culturales de todos los pueblos. Bueno, pues eso.
          Morante de la Puebla está hoy hasta más delgado (menos gordo), hasta sonríe, algo bueno le ha tenido que pasar de ayer a hoy. Se le ve, o le veo, más flexible, más entonado, con capa y muleta va enlazando cosas bonitas en el primero de la tarde, se le ve distinto, más encajado y torero que ayer en Illescas. Se le premia con razón desde la Presidencia con una oreja. Sí señor. Con el cuarto, quizás el peor del lote, sólo se luce en las chicuelinas en el quite y poco más. Así que a la Puebla a descansar del finde. Roca Rey vio y dejó pasar un toro, segundo de la tarde, con un tic nervioso en las cervicales, molesto de verdad,  algo que le impidió realizar cualquier tarea que no fuera con los hierros de matar. Pero en el quinto las tornas cambian, y aunque el toro no tenía lo que se dice una embestida fina, Roca Rey le exprime con poderío el corto trayecto y en una loseta y media le da cuerda al toro, que va y viene obediente, pero avieso, porque en una de estas le da la vuelta por el aire al peruano, aunque sin consecuencias, gracias a Dios. Valiente hasta el final, se lleva a casa las dos orejas como es debido. Ginés Marín, según mi pobre entender, fue el triunfador de la tarde. Es la victoria de la inteligencia. Hizo con sus dos toros lo que había que hacer y lo hizo bien. Entendió las alturas de la embestida y la deriva que tomaban los pitones en cada momento. Con 22 años este matador demuestra una sabiduría de gente antigua, de toreros maduros que rondan ya el retiro. Una oreja en cada toro y a hombros por la puerta grande acompañando a Roca Rey, o Roca Rey acompañando a Ginés Marín.
          Y vámonos para Sevilla. Ha sido un fin de semana bien aprovechado en lo gastronómico, en lo turístico y en lo taurino. La próxima estación de penitencia, porque a nosotros ni nos gusta viajar ni nos gusta comer ni nos gustan los toros, lo hacemos para purgar nuestros numerosos pecados, la próxima estación, decía, será, si Dios y el tiempo lo permiten, en Morón de la Frontera, donde reaparece el gran Jesulín de Ubrique. ¡Tiembla, José Tomás!