jueves, 16 de mayo de 2019

24 de marzo de 2019


Plaza de Toros de Morón de la Frontera (Sevilla)

                     Pablo Aguado
                     Jesulín de Ubrique
                    Cayetano

Restaurante:

                     Cal Viva (Morón de la Frontera) Sevilla


          Este domingo de finales de marzo, en plena vorágine de precampaña electoral, en pleno baile de lacitos amarillos y quitaypón de pancartas por el noreste peninsular, y en medio del anglosajón estruendo del brexit, Perico y yo nos vamos a comer y después a los toros, como está mandao. A 62,8 kilómetros de Sevilla está Morón de la Frontera, no es como para ir andando, pero está a poco menos de una hora en coche. Es plaza importante de la Sierra Sur sevillana que linda con el noreste de la provincia de Cádiz. Partimos tempranito para que nos dé tiempo de dar una vuelta por la ciudad. El hombre del tiempo (Mariano Medina) decía que había posibilidades hoy de lluvia, pero Mariano se equivoca casi siempre, está mayor el hombre. Hace un día claro, con algo de aire serrano y algunas nubes inocuas y dispersas. Nos dirigimos a la Iglesia de San Miguel, la Catedral de la Sierra Sur, compendio de estilos arquitectónicos diversos que van del gótico al barroco, pasando por muchos otros, y con una torre que recuerda a la Giralda una cosa mala. Cerca de la catedral se encuentra la Iglesia del Antiguo Hospital de San Juan de Dios y la acogedora placita dedicada a la figura del gran poeta Fernando Villalón, nacido en Morón en 1881 y gran amante de la tauromaquia, mundo del toro y su lidia que llevó a sus obras en numerosas ocasiones. Seguimos deambulando por las calles de Morón, encontrándonos, al salir de comprar un par de décimos de lotería, con la hermosa fachada barroca de la iglesia de San Ignacio de Loyola y luego con la alegre plaza del Ayuntamiento. Tomamos un vermut en el Bar  Miguelito de la calle Nueva; Perico se endosa una tapa de cola de toro, y hace bien, no me vaya a coger endeblez. Nos vamos seguidamente en busca de la calle Marchena, donde se ubica el restaurante Cal Viva. Nada memorable en su decoración ni en su servicio, es decir, fenotipo normalito. Pero su esencia es otra cosa, se come muy, pero que muy bien. Comenzamos con una manzanilla pasada de Valdespino y luego con un Rueda blanco, que pedimos siempre que lo vemos: José Pariente. Un pulpo en su punto de cocción y unas alcachofas en su punto y aparte, riquísimas. Es un producto este, me refiero a la alcachofa, que debe estar de moda, y nos hemos fijado que la tratan de maravilla en muchos sitios de alto copete (qué gracioso lo de “alto copete”, Perico lo dice mucho, es frase del pasado siglo, siglo sólo gracioso en este tipo de cosas). Bueno, Perico pide otra cosa graciosa: entrecot de vaca finlandesa, no danesa ni noruega, no, finlandesa, la probamos y, efectivamente, es finlandesa, muy buena y sabrosa, con ese punto boreal que le dan los pastos del noreste de Helsinki. Los postres hablan árabe sin acento, un compendio de dátil, higo, almendra y miel para quitarse el turbante. Salimos más que satisfechos. A la salida nos espera Agustín, taxista de Morón, que nos deposita, amable y dicharachero, en el coso de reses bravas de Morón de la Frontera. La plaza tiene 19 añitos de edad y tiene la peculiaridad de que en sus bajos da cabida a varios bares de copas. En uno de ellos, atestado de aficionados sedientos, nos tomamos un gin-tonic y pegamos la hebra con cuatro paisanos castizos de verdad, camperos de cuero y callo, rurales de terrón y cincha, su estampa me impacta tanto, que les solicito la venia de hacerles una foto, cosa que aceptan con agrado, pero que por favor, me inquiere uno de ellos, le mande la foto por guasap, y por supuesto que se la mando con mucho gusto. Nos despedimos de ellos, compramos las almohadillas pertinentes para que nuestras nalgas sufran solo lo necesario y nos introducimos en la plaza.
          Esta tarde, nos guste o no, hemos de entrar de lleno  en el mundo rosa, en el sálvese quien pueda de lux, porque la corrida de toros de hoy (sólo hay que mirar por encima el cartel y aunque uno no sea aficionado), la corrida, decía, nos anuncia la vuelta a los ruedos, nada más y nada menos, que de Jesulín de Ubrique, ahí es , y por si esto fuera poco, acompañado de otra figura del toreo y también del llamado papel couché, Cayetano Ribera. Así que cadenas de televisión y reporteros de todo pelaje pululan por el callejón de la plaza en busca de una instantánea de la Campanario e de Eva González o de cualquiera de los miembros de la familia Janeiro. Por tanto, gran expectación en la plaza, tanto taurina como del corazón, corazón. La plaza no alcanza el lleno, digamos que se queda en los dos tercios o tres cuartos. Jesulín está hecho un atleta, mantiene una figura esbelta y dominadora desde las alturas de su porte, pero con la cortita elegancia de siempre; simpático, empático con el sector de la grada aclamadora y muy dadivoso en el número de pases; es el más deportivo de los toreros en activo. Brindó al gran novillero retirado El Mangui. Eficaz con el estoque, le vale las dos orejas del primero. Con el cuarto había muy poco que hacer y ese poco lo hizo.
          El viento empieza a revolear papelillos en el ruedo cuando sale Cayetano. El primero de su lote le incomoda con el cabeceo constante y lo lleva  hasta la hora de la muleta sin enhebrar una serie seria. Con el quinto de la tarde la cosa cambia; Cayetano empieza a sonreír y a disfrutar y a componer poses de plumilla clásica y taurina a más no poder, un muestrario de pases de pecho, claro que con un toro así, todo resulta más sencillo. Las dos orejas, para esta plaza, es un premio más que correcto. Por cierto que a mitad de la segunda faena de Cayetano, arriba unas cinco filas y a la derecha, una buena mujer se levanta y le canta al torero una cosa parecida a una saeta, algo que yo nunca he presenciado, aunque Perico sí. La señora canta de pena, da grima y un poco de vergüenza ajena. Por un momento el toro la mira y cabecea, como reconviniéndola para que deje de hacer el ridículo.
          Pablo Aguado no formaba parte del primigenio cartel de Morón, pero la cogida de Enrique Ponce en Valencia le ofrecía esta oportunidad que nunca olvidará en su, espero, larga carrera. Aunque estuvo correcto en su primero, con voltereta incluida, es, sin duda, en el sexto donde se ejercita en la perfección del arte del toreo. En una simbiosis simbólica y formal entre hombre y animal, Aguado se adapta al movimiento del toro y éste al movimiento del torero en un inacabable baile donde cabe toda la técnica y todo el arte a la vez. La gente, emocionada, comienza a pedir el verde pañuelo del indulto al Presidente, mientras Pablo Aguado hace con Toledano, que así se llama el animal, lo que quiere, y lo va encaminando lentamente a la puerta de donde salió. Por fin el toro es indultado, dos orejas y rabo para el matador, la grada con las lágrimas en libertad y el corazón rebosante de algo que no se puede, y a lo mejor ni se debe, explicar. Nos vamos con una sensación de auténtica plenitud, mientras los tres maestros salen de la plaza, por supuesto, por la puerta grande. De camino a Sevilla, ya de oscurecida, nos perdemos un par de veces antes de coger la autovía. Y además se nos ha pasado ir ver el Gallo de Morón. Las cosas nunca salen redondas.

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