Plaza de Toros de Morón
de la Frontera (Sevilla)
Pablo Aguado
Jesulín de Ubrique
Cayetano
Restaurante:
Cal Viva (Morón de la Frontera)
Sevilla
Este domingo de finales de marzo, en
plena vorágine de precampaña electoral, en pleno baile de lacitos amarillos y quitaypón de pancartas por el noreste
peninsular, y en medio del anglosajón estruendo del brexit, Perico y yo nos vamos a comer y después a los toros, como
está mandao. A 62,8 kilómetros de
Sevilla está Morón de la Frontera, no es como para ir andando, pero está a poco
menos de una hora en coche. Es plaza importante de la Sierra Sur sevillana que
linda con el noreste de la provincia de Cádiz. Partimos tempranito para que nos
dé tiempo de dar una vuelta por la ciudad. El hombre del tiempo (Mariano
Medina) decía que había posibilidades hoy de lluvia, pero Mariano se equivoca
casi siempre, está mayor el hombre. Hace un día claro, con algo de aire serrano
y algunas nubes inocuas y dispersas. Nos dirigimos a la Iglesia de San Miguel,
la Catedral de la Sierra Sur, compendio de estilos arquitectónicos diversos que
van del gótico al barroco, pasando por muchos otros, y con una torre que
recuerda a la Giralda una cosa mala. Cerca de la catedral se encuentra la
Iglesia del Antiguo Hospital de San Juan de Dios y la acogedora placita
dedicada a la figura del gran poeta Fernando Villalón, nacido en Morón en 1881
y gran amante de la tauromaquia, mundo del toro y su lidia que llevó a sus
obras en numerosas ocasiones. Seguimos deambulando por las calles de Morón,
encontrándonos, al salir de comprar un par de décimos de lotería, con la
hermosa fachada barroca de la iglesia de San Ignacio de Loyola y luego con la
alegre plaza del Ayuntamiento. Tomamos un vermut en el Bar Miguelito de la calle Nueva; Perico se endosa
una tapa de cola de toro, y hace bien, no me vaya a coger endeblez. Nos vamos
seguidamente en busca de la calle Marchena, donde se ubica el restaurante Cal
Viva. Nada memorable en su decoración ni en su servicio, es decir, fenotipo
normalito. Pero su esencia es otra cosa, se come muy, pero que muy bien.
Comenzamos con una manzanilla pasada de Valdespino y luego con un Rueda blanco,
que pedimos siempre que lo vemos: José Pariente. Un pulpo en su punto de
cocción y unas alcachofas en su punto y aparte, riquísimas. Es un producto
este, me refiero a la alcachofa, que debe estar de moda, y nos hemos fijado que
la tratan de maravilla en muchos sitios de alto copete (qué gracioso lo de
“alto copete”, Perico lo dice mucho, es frase del pasado siglo, siglo sólo
gracioso en este tipo de cosas). Bueno, Perico pide otra cosa graciosa:
entrecot de vaca finlandesa, no danesa ni noruega, no, finlandesa, la probamos
y, efectivamente, es finlandesa, muy buena y sabrosa, con ese punto boreal que
le dan los pastos del noreste de Helsinki. Los postres hablan árabe sin acento,
un compendio de dátil, higo, almendra y miel para quitarse el turbante. Salimos
más que satisfechos. A la salida nos espera Agustín, taxista de Morón, que nos
deposita, amable y dicharachero, en el coso de reses bravas de Morón de la
Frontera. La plaza tiene 19 añitos de edad y tiene la peculiaridad de que en
sus bajos da cabida a varios bares de copas. En uno de ellos, atestado de
aficionados sedientos, nos tomamos un gin-tonic
y pegamos la hebra con cuatro paisanos castizos de verdad, camperos de cuero y
callo, rurales de terrón y cincha, su estampa me impacta tanto, que les
solicito la venia de hacerles una foto, cosa que aceptan con agrado, pero que
por favor, me inquiere uno de ellos, le mande la foto por guasap, y por supuesto
que se la mando con mucho gusto. Nos despedimos de ellos, compramos las
almohadillas pertinentes para que nuestras nalgas sufran solo lo necesario y
nos introducimos en la plaza.
Esta tarde, nos guste o no, hemos de
entrar de lleno en el mundo rosa, en el
sálvese quien pueda de lux, porque la corrida de toros de hoy (sólo hay que
mirar por encima el cartel y aunque uno no sea aficionado), la corrida, decía,
nos anuncia la vuelta a los ruedos, nada más y nada menos, que de Jesulín de
Ubrique, ahí es ná, y por si esto
fuera poco, acompañado de otra figura del toreo y también del llamado papel couché, Cayetano Ribera. Así que cadenas
de televisión y reporteros de todo pelaje pululan por el callejón de la plaza
en busca de una instantánea de la Campanario e de Eva González o de cualquiera
de los miembros de la familia Janeiro. Por tanto, gran expectación en la plaza,
tanto taurina como del corazón, corazón. La plaza no alcanza el lleno, digamos
que se queda en los dos tercios o tres cuartos. Jesulín está hecho un atleta,
mantiene una figura esbelta y dominadora desde las alturas de su porte, pero
con la cortita elegancia de siempre; simpático, empático con el sector de la
grada aclamadora y muy dadivoso en el número de pases; es el más deportivo de
los toreros en activo. Brindó al gran novillero retirado El Mangui. Eficaz con
el estoque, le vale las dos orejas del primero. Con el cuarto había muy poco
que hacer y ese poco lo hizo.
El viento empieza a revolear papelillos
en el ruedo cuando sale Cayetano. El primero de su lote le incomoda con el
cabeceo constante y lo lleva hasta la
hora de la muleta sin enhebrar una serie seria. Con el quinto de la tarde la
cosa cambia; Cayetano empieza a sonreír y a disfrutar y a componer poses de
plumilla clásica y taurina a más no poder, un muestrario de pases de pecho,
claro que con un toro así, todo resulta más sencillo. Las dos orejas, para esta
plaza, es un premio más que correcto. Por cierto que a mitad de la segunda
faena de Cayetano, arriba unas cinco filas y a la derecha, una buena mujer se
levanta y le canta al torero una cosa parecida a una saeta, algo que yo nunca
he presenciado, aunque Perico sí. La señora canta de pena, da grima y un poco
de vergüenza ajena. Por un momento el toro la mira y cabecea, como
reconviniéndola para que deje de hacer el ridículo.
Pablo Aguado no formaba parte del
primigenio cartel de Morón, pero la cogida de Enrique Ponce en Valencia le
ofrecía esta oportunidad que nunca olvidará en su, espero, larga carrera.
Aunque estuvo correcto en su primero, con voltereta incluida, es, sin duda, en
el sexto donde se ejercita en la perfección del arte del toreo. En una
simbiosis simbólica y formal entre hombre y animal, Aguado se adapta al movimiento
del toro y éste al movimiento del torero en un inacabable baile donde cabe toda
la técnica y todo el arte a la vez. La gente, emocionada, comienza a pedir el
verde pañuelo del indulto al Presidente, mientras Pablo Aguado hace con
Toledano, que así se llama el animal, lo que quiere, y lo va encaminando
lentamente a la puerta de donde salió. Por fin el toro es indultado, dos orejas
y rabo para el matador, la grada con las lágrimas en libertad y el corazón
rebosante de algo que no se puede, y a lo mejor ni se debe, explicar. Nos vamos
con una sensación de auténtica plenitud, mientras los tres maestros salen de la
plaza, por supuesto, por la puerta grande. De camino a Sevilla, ya de
oscurecida, nos perdemos un par de veces antes de coger la autovía. Y además se
nos ha pasado ir ver el Gallo de Morón. Las cosas nunca salen redondas.
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