domingo, 26 de mayo de 2019

10 de mayo de 2019


Plaza de Toros de Sevilla. La Maestranza

               Morante de la Puebla
               José María Manzanares
               Pablo Aguado

Restaurante:

               Fluvial (Sevilla)


          La luz de Sevilla, esa cosa grande que se respira y que nutre tanto como el aire, es algo que desborda hoy por las costuras de un día pleno de sevillanía, desaforado y a la vez ensimismado en su fuero interno hecho de alegría y gozo. Y además es viernes de Feria. Y además, tarde de toros. Un paseo por la zona del arquillo del Postigo del Aceite, turistas de muchos colores, caras que te sonríen no se sabe muy bien porqué, el mediodía estancado en un arrebol de campanas que quizás ni hayan sonado, en un aroma de azahar ya inexistente; todo lo que de bueno y sabio tiene esta ciudad concentrado en la palma de la mano, en la palma de tu mano, y la abres y con sevillana bondad dejas que ese algo vuele y se expanda como el ave de concordia y dicha que hoy Sevilla se merece.
          Hemos salido con la euforia de los treinta años, que Perico y yo cuadruplicamos con creces, vamos a comer y después a los toros, y después a lo que la tarde disponga. La Barra de Inchausti en la calle Tomás de Ibarra no es mal sitio para empezar. Una manzanilla Papirusa y unos animalillos marinos que aquí llamamos gambas (creo que en Huelva también), nos abren boca para ir animosos hasta el Paseo de Colón, donde en el número 3 han inaugurado un nuevo hotel, Hotel Kivir, cuyo restaurante, Fluvial, también ha abierto sus puertas hace escasa fechas. Es un local amplio, luminoso, ornado con grandes cuadros que, en un estilo lejanamente impresionista, representan todos los puentes que cruzan nuestro cercano río Guadalquivir a su paso por la ciudad de Sevilla. El sitio ejemplifica eso que modernamente se denomina gastrobar, palabra, por cierto, espantosa, que me recuerda a algún tipo de disturbio digestivo de características vergonzantes. En estos comercios del comer moderno la carta es de una ambigüedad pasmosa, nunca sabes si lo que pides es una tapa exigua o una ración exagerada. “Lomos de sardina ahumada en pan de cardamomo y compota de pimiento asado”, de primero; “Nuestra versión del pato a la naranja con cremoso de patatas y peras al vino tinto”, de segundo; y de postre, “Tarta tibia de masa quebrada, caramelo salado y nueces”. Primero y segundo, aceptables. Postre excesivo para ser eso, un postre; más propio para una merienda o una fiesta de cumpleaños. El champán Mumm, con el que hemos acompañado la pitanza, ha ido de lujo y nos ha distendido la musculatura facial en una sonrisa tontona y dadivosa. Hasta nos unimos a la conversación de un par de matrimonios, uno de ellos mejicano, que platicaban sobre toros y toreros de uno y otro lado del Atlántico. Perico pone orden contundente y preciso ante ciertas inexactitudes de nuestros vecinos comensales y todos tan amigos.
          La Maestranza dista del restaurante Fluvial unos ciento cincuenta metros. El gentío se adensa a medida que nos acercamos; a la entrada se agolpa el famoseo destellante; el ver y el que te vean es un ritual de importancia en Sevilla; la alta burguesía, la aristocracia local, ganaderos, toreros, artistas, maestrantes, políticos en auge, famosos y famosillos, algunas mujeres de belleza inaudita (supongo que también hombres, pero no trabajo ese género y, por tanto, no me fijo). En fin, la ciudad en su cenit de color y clamor, ajena a los avatares del mundo, Sevilla mirándose a sí misma en ese espejo que la deforma para bien, haciéndola más seductora, engañosa y una pizca perversa, pero arrebatadora y subyugante como la mujer soñada. Entrar en la Maestranza es como adherirte a una liturgia pagana en la que van a conocerse por fin los secretos ancestrales de una civilización. En el juego de arte, magia, rito y muerte, que va a desarrollarse en la arena estamos todos representados, y nuestra pasión, nuestro anhelo, nuestro destino, se van poner a prueba en el momento que suene el primer clarín de la tarde.
          ¡Y qué tarde! De las que dentro de muchos años, si Dios quiere que los vivamos, podremos decir aquello de “yo estuve allí”. La tarde de las 6 orejas 6 en La Maestranza; la tarde en que Morante sorprendió ejecutando el quite del bu y en la que enjugó con un pañuelo la lágrima del toro; la tarde en la que Roca Rey recibió a portagayola su primero; la tarde de la coronación de Pablo Aguado como figura indiscutible del toreo. El respetable no cree lo que está viendo, esa conjunción de pura magia, de arte sin fisuras, de bendecida emoción; es la euforia del sentimiento compartido por miles de feligreses que han asistido a una liturgia, a un rito que no siempre florece, que no siempre hace vibrar, pero que hoy ha roto las barreras de la simple comprensión de las cosas y nos conduce a ver el mundo del toro desde una perspectiva nueva, más esencial, más profunda y más humana. Hablar de las medias verónicas de Morante, de sus tandas con la derecha, de su paciencia infinita frente a la agonía del animal; hablar del valor de Roca Rey en el cuerpo a cuerpo de sus chicuelinas, en su temple con la rodilla en tierra; hablar, claro que sí, porque hay que hablar de ello, y mucho. Pero el mundo y el tiempo se han parado dos veces la tarde de este 10 de mayo cuando Pablo Aguado se ha hecho cuerpo y alma en este albero sevillano, toreando por bajo una melodía que tan solo él sabe interpretar con los instrumentos de siempre, pero con una sabiduría lejana y un virtuosismo despacioso y sereno que nos ha dejado brotando lágrimas y con la melancolía feliz de haber asistido y degustado un ramalazo de eternidad.
          El Paseo de Colón bulle en un hormigueo de colores, con Pablo Aguado a hombros atravesando la Puerta del Príncipe, el cielo acogiendo los azules desvaídos que se esconden en Triana, en medio el río que todo lo ve y que todo lo sabe, y a lo lejos los anhelos de la feria en un sospechado clamor de gentío. Caminamos absortos en la historia de esta ciudad tan regida por sus tropismos festivos, tan embaucada por los guiños que la felicidad pasajera, que la fiesta, propone en cada esquina. Llegamos al Hotel Alfonso XIII. Su glorioso patio neomudéjar se decora como una gran caseta en estos días de feria. Una nutrida y variopinta constelación de gente foránea (manera cursi que tengo yo para decir que había guiris pa aburrir) llenaban el impluvio (manera cursi que tengo yo para referirme al patio). Nos tomamos una agüita mineral sin gas, que estamos sequitos, y un gazpacho que es una sopa fría muy nutritiva y refrescante muy corriente por aquí. De allí, Agustín en su MyTaxi, nos deposita en nuestros respectivos palacetes.
          ¡Qué día más bueno, Primo!

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