Plaza de Toros de
Sevilla. La Maestranza
Morante de la
Puebla
José María
Manzanares
Pablo Aguado
Restaurante:
Fluvial (Sevilla)
La luz de Sevilla, esa cosa grande
que se respira y que nutre tanto como el aire, es algo que desborda hoy por las
costuras de un día pleno de sevillanía, desaforado y a la vez ensimismado en su
fuero interno hecho de alegría y gozo. Y además es viernes de Feria. Y además, tarde
de toros. Un paseo por la zona del arquillo del Postigo del Aceite, turistas de
muchos colores, caras que te sonríen no se sabe muy bien porqué, el mediodía
estancado en un arrebol de campanas que quizás ni hayan sonado, en un aroma de
azahar ya inexistente; todo lo que de bueno y sabio tiene esta ciudad
concentrado en la palma de la mano, en la palma de tu mano, y la abres y con
sevillana bondad dejas que ese algo vuele y se expanda como el ave de concordia
y dicha que hoy Sevilla se merece.
Hemos salido con la euforia de los
treinta años, que Perico y yo cuadruplicamos con creces, vamos a comer y
después a los toros, y después a lo que la tarde disponga. La Barra de
Inchausti en la calle Tomás de Ibarra no es mal sitio para empezar. Una
manzanilla Papirusa y unos animalillos marinos que aquí llamamos gambas (creo
que en Huelva también), nos abren boca para ir animosos hasta el Paseo de
Colón, donde en el número 3 han inaugurado un nuevo hotel, Hotel Kivir, cuyo restaurante,
Fluvial, también ha abierto sus puertas hace escasa fechas. Es un local amplio,
luminoso, ornado con grandes cuadros que, en un estilo lejanamente
impresionista, representan todos los puentes que cruzan nuestro cercano río
Guadalquivir a su paso por la ciudad de Sevilla. El sitio ejemplifica eso que
modernamente se denomina gastrobar, palabra, por cierto, espantosa, que me
recuerda a algún tipo de disturbio digestivo de características vergonzantes.
En estos comercios del comer moderno la carta es de una ambigüedad pasmosa,
nunca sabes si lo que pides es una tapa exigua o una ración exagerada. “Lomos
de sardina ahumada en pan de cardamomo y compota de pimiento asado”, de
primero; “Nuestra versión del pato a la naranja con cremoso de patatas y peras
al vino tinto”, de segundo; y de postre, “Tarta tibia de masa quebrada,
caramelo salado y nueces”. Primero y segundo, aceptables. Postre excesivo para
ser eso, un postre; más propio para una merienda o una fiesta de cumpleaños. El
champán Mumm, con el que hemos acompañado la pitanza, ha ido de lujo y nos ha
distendido la musculatura facial en una sonrisa tontona y dadivosa. Hasta nos
unimos a la conversación de un par de matrimonios, uno de ellos mejicano, que
platicaban sobre toros y toreros de uno y otro lado del Atlántico. Perico pone
orden contundente y preciso ante ciertas inexactitudes de nuestros vecinos
comensales y todos tan amigos.
La Maestranza dista del restaurante
Fluvial unos ciento cincuenta metros. El gentío se adensa a medida que nos
acercamos; a la entrada se agolpa el famoseo destellante; el ver y el que te
vean es un ritual de importancia en Sevilla; la alta burguesía, la aristocracia
local, ganaderos, toreros, artistas, maestrantes, políticos en auge, famosos y
famosillos, algunas mujeres de belleza inaudita (supongo que también hombres,
pero no trabajo ese género y, por tanto, no me fijo). En fin, la ciudad en su
cenit de color y clamor, ajena a los avatares del mundo, Sevilla mirándose a sí
misma en ese espejo que la deforma para bien, haciéndola más seductora,
engañosa y una pizca perversa, pero arrebatadora y subyugante como la mujer
soñada. Entrar en la Maestranza es como adherirte a una liturgia pagana en la
que van a conocerse por fin los secretos ancestrales de una civilización. En el
juego de arte, magia, rito y muerte, que va a desarrollarse en la arena estamos
todos representados, y nuestra pasión, nuestro anhelo, nuestro destino, se van
poner a prueba en el momento que suene el primer clarín de la tarde.
¡Y qué tarde! De las que dentro de
muchos años, si Dios quiere que los vivamos, podremos decir aquello de “yo
estuve allí”. La tarde de las 6 orejas 6 en La Maestranza; la tarde en que
Morante sorprendió ejecutando el quite del bu y en la que enjugó con un pañuelo
la lágrima del toro; la tarde en la que Roca Rey recibió a portagayola su
primero; la tarde de la coronación de Pablo Aguado como figura indiscutible del
toreo. El respetable no cree lo que está viendo, esa conjunción de pura magia,
de arte sin fisuras, de bendecida emoción; es la euforia del sentimiento
compartido por miles de feligreses que han asistido a una liturgia, a un rito
que no siempre florece, que no siempre hace vibrar, pero que hoy ha roto las
barreras de la simple comprensión de las cosas y nos conduce a ver el mundo del
toro desde una perspectiva nueva, más esencial, más profunda y más humana.
Hablar de las medias verónicas de Morante, de sus tandas con la derecha, de su
paciencia infinita frente a la agonía del animal; hablar del valor de Roca Rey
en el cuerpo a cuerpo de sus chicuelinas, en su temple con la rodilla en
tierra; hablar, claro que sí, porque hay que hablar de ello, y mucho. Pero el
mundo y el tiempo se han parado dos veces la tarde de este 10 de mayo cuando
Pablo Aguado se ha hecho cuerpo y alma en este albero sevillano, toreando por
bajo una melodía que tan solo él sabe interpretar con los instrumentos de
siempre, pero con una sabiduría lejana y un virtuosismo despacioso y sereno que
nos ha dejado brotando lágrimas y con la melancolía feliz de haber asistido y
degustado un ramalazo de eternidad.
El Paseo de Colón bulle en un
hormigueo de colores, con Pablo Aguado a hombros atravesando la Puerta del
Príncipe, el cielo acogiendo los azules desvaídos que se esconden en Triana, en
medio el río que todo lo ve y que todo lo sabe, y a lo lejos los anhelos de la
feria en un sospechado clamor de gentío. Caminamos absortos en la historia de
esta ciudad tan regida por sus tropismos festivos, tan embaucada por los guiños
que la felicidad pasajera, que la fiesta, propone en cada esquina. Llegamos al
Hotel Alfonso XIII. Su glorioso patio neomudéjar se decora como una gran caseta
en estos días de feria. Una nutrida y variopinta constelación de gente foránea
(manera cursi que tengo yo para decir que había guiris pa aburrir) llenaban el impluvio (manera cursi que tengo yo para
referirme al patio). Nos tomamos una agüita mineral sin gas, que estamos
sequitos, y un gazpacho que es una sopa fría muy nutritiva y refrescante muy corriente por aquí. De
allí, Agustín en su MyTaxi, nos deposita en nuestros respectivos palacetes.
¡Qué día más bueno, Primo!
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