Plaza de Toros de
Guadalajara. Las Cruces
Morante de la
Puebla
El Juli
Ángel Téllez (Alternativa)
Restaurantes:
El Doncel (Sigüenza) Guadalajara
Nöla (Sigüenza)
Guadalajara
Lino (Guadalajara)
Hotel:
Posta Real
(Sigüenza) Guadalajara
La campaña
electoral se retuerce, se inflama y se va infectando día a día con un poco más
de virulencia. La derecha se fragmenta, el voto indeciso crece y crece, el
juicio del procés continúa despejando
la zanja del estercolero, se habla de Franco y de eutanasia, Venezuela sigue en
el abismo y el Barcelona sentencia la liga. Sevilla lleva unos días
revolucionada con la visita de Barack Obama, que viene a conferenciar en la
Cumbre Mundial del Turismo, por supuesto de manera desinteresada. La Sra. May va cada día pareciéndose
más a su tía Mildred, se ve que tiene problemas. Aun así, la sala VIP del Ave
en Santa Justa nos acoge tempranito con su oferta de cafelitos maquineros y
pastelillos embutidos en celofán. Cumplimentamos en cuarenta segundos el
expediente del desayuno y nos disponemos, cómodos y relajados, en los asientos
que tenemos asignados en el tren de alta velocidad a Madrid. Tras la lectura de
los periódicos del día y una ligera cabezada, llegamos a Atocha. Alquilamos en
Europcar un bonito y potente coche blanco y nos vamos en dirección Sigüenza. No
hay una sola habitación en Guadalajara, como siempre ocurre cuando hay toros en
localidades pequeñas o medianas (ya nos pasó en Illescas y nos seguirá
pasando). No obstante es una delicia poder estar, aunque sea un día, en un
pueblo tan espléndido como Sigüenza.
La ciudad domina el valle
desde su poderoso castillo del siglo XII, que actualmente alberga el Parador de
Turismo. Desde esa altura y vuelta la mirada hacia la ciudad, se aprecia un
conjunto medieval de iglesias, puertas de muralla, casonas y conventos, que se
apiñan en un todo monumental sobrio y pétreo de sólida belleza, esa belleza
histórica tan marcadamente española y tan cargada de prosapia y añosa nobleza. De
allí parte un dédalo de empinadas callejuelas que desemboca en la Catedral de
Santa María y en la Plaza Mayor. Por una de esas callejuelas llegamos al hotel.
No sé cómo lo hace, pero Perico aparca siempre a pocos centímetros del lugar al
que vamos, da igual que sea un callejón medieval, como el de hoy, o la meta del
Tourmalet una tarde de Tour. El hotel se llama Posta Real: limpio, amplias
habitaciones, silencio monacal y céntrico. Es una casa de piedra, como casi
todas las de Sigüenza y se halla cerca de todo lo que hay que ver. Salimos a
cuerpo gentil y comienza a caer una cosa que no es agua y que tampoco es nieve,
por tanto es aguanieve. En una tienda extrañísima, atendida por dos ancianos
extrañísimos, compro un paraguas. Es una especie de bazar algo siniestro que vende de todo, desde artículos
religiosos a sifones con su rejilla de metal. Perico, inopinadamente, se pone a
charlar con un sacerdote que está a nuestro lado de cháchara con los decrépitos
dueños. “Yo le conozco, usted sale en la tele”, le increpa. Y efectivamente, el
buen hombre de Dios sale en no sé qué programa de no sé qué cadena. Cada día me
sorprende más este tío. Nos despedimos y nos vamos ya, con mojada incluida,
hacia la Catedral. Allí nos acoplamos a un grupo de personas mayores (¿y qué
somos nosotros?), y de esta manera ilegal accedemos a las zonas de pago sin
pagar (no ha sido nuestra intención). Así que podemos ver el claustro gótico
adosado a la Seo, la sala de tapices, la pequeña estancia donde reposa una
luminosa Anunciación de El Greco y la capilla donde se encuentra el famoso
Doncel de Sigüenza, emblema de la historia de la ciudad. Ya fuera de la visita
guiada admiramos el retablo plateresco de Santa Librada y el retablo gótico de
San Juan y Santa Catalina, obras que merecen una contemplación pausada y
serena, sentado en uno de los bancos. Ambos son un auténtico derroche de
imaginación y colorido. La hierática imagen de Santa María la Mayor nos despide
de esta más que interesante aventura catedralicia.
Una gestión bancaria rápida y un
vermut también rápido nos abre el apetito (más el vermut que la gestión
bancaria). Nos volvemos a encontrar al cura televisivo, al que Perico le
pregunta por el restaurante al que vamos; amablemente nos dirige y amablemente
declina la invitación a comer con nosotros que le propone Perico. Restaurante
El Doncel, una estrella Michelin. Menú degustación. Vino: Pintia (Toro), que es
un vino al que ya nos hemos aficionado de manera adictiva. De los aperitivos
nos sorprenden los chips de morcilla, unas inverosímiles papas a la brava y el
torrezno 4x4. De los pases, propiamente dichos, los callos melosos de bacalao,
el corte de foie y algodón, y la corvina en infusión de té, se llevan el oro,
la plata y el bronce, respectivamente. Las presentaciones son de lo más
imaginativo: desde platos fluorescentes a hormigas gigantes de metal que
transportan las viandas a sus espaldas. Las texturas de queso son el postre
perfecto y exquisito para un menú muy trabajado y merecedor sin duda de la
excelencia con la que ha sido premiado este magnífico restaurante. Un gin-tonic en la Plaza Mayor nos atempera
la digestión y nos da el humor necesario para subir la cuesta, que nos llevará
al hotel y a la siesta que nuestros cuerpos necesitan y merecen.
A última hora de la tarde, con una
discreta llovizna y un frío soportable deambulamos por las adustas calles de
Sigüenza, por sus plazuelas de piedra, en dirección al Castillo. A través de
sus patios, salones y galerías rendimos pleitesía y emocionado recuerdo a Doña
Blanca De Borbón, encerrada en una torre de este alcázar por su marido, Pedro I
de Castilla, allá por el siglo XIV, siglo este muy dado al encerramiento en
torres de bellas damas de la aristocracia por un quítame allá esas pajas.
Salimos de la fortificación en pos de las viandas nocturnas que, aunque no nos
las merecemos, dado el poco consumo energético realizado durante la tarde,
damos buena cuenta de ellas en el restaurante Nöla, sito en la auténtica e
histórica Casa del Doncel, en la Plaza de San Vicente. Migas con morteruelo y
unas albóndigas de jabalí no pueden hacer daño a nadie. El camarero nos oye el
acento y se dispone a ser gracioso, muy gracioso, y a gastarnos bromitas. No le
disparamos porque hemos dejado las pistolas en el armero para que las
engrasara. Quitando el baldón del mozo, el restaurante es de mérito, aunque
mejor visitarlo a mediodía.
La noche ha sido, creo, como todas
las noches, pero sin duda más silenciosa, más densa, y el sueño más espeso.
Unos churritos para desayunar frente al Parque de la Alameda y nos despedimos
de Sigüenza llevándonos un recuerdo francamente grato. Llegamos a media mañana
a Guadalajara con tiempo suficiente para ejercitar nuestro turisteo implacable.
En la Concatedral de Santa María, primera parada de nuestro periplo caracense,
nos encontramos con el funeral de alguien que en vida tuvo que ser un estimado
prócer de la ciudad, dada la cantidad y calidad del gentío que lo arropa en su
último acto público y que llena los bancos de la basílica. Que Dios lo guarde
en su santo seno. Un poco más adelante en la misma calle encontraremos el
Convento de la Piedad, con su jardín umbrío y escalonado y enfrente, la Iglesia
de Santiago el Mayor, sede de la Hermandad de la Esperanza Macarena, advocación
de la imagen del mismo nombre, que se encuentra en la Basílica de la Macarena
de Sevilla. En esta iglesia se halla también un sacerdote joven y dinámico,
además de uno de los más pesados de la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha.
Nada más entrar nos coge por banda y nos pormenoriza las excelencias
arquitectónicas, históricas y espirituales del templo (que, todo hay que
decirlo, no es nada del otro mundo). Además nos indica que no dejemos de
admirar el techo abovedado de una de las capillas recientemente restaurado,
para lo cual sería una pena que no introduzcamos un euro en el dispositivo que
enciende las luces artísticas dispuestas a tal efecto. Ya Perico se dispone en
dirección a la puerta, momento en el que un hecho milagroso acontece en el
centro de la nave: dos atractivas señoritas entablan conmigo en el centro de la
nave una agradable conversación, interesándose por nuestro lugar de procedencia
y por el motivo de nuestra visita a Guadalajara. Dejando al conspicuo e
inefable párroco con la palabra en la boca salimos del recinto sagrado y
caminamos un trecho por la calle con tan agradable compañía. Caballerosos,
fieles a nuestras esposas y con dignidad torera las despedimos y las emplazamos
a un nuevo saludo si las vemos en la plaza de toros, motivo por el que también
ellas, según nos comentan, han acudido desde Madrid. En resumidas cuentas, he
ligado o me han ligado, aunque la cosa no haya ido a más, y en una iglesia.
¡Toma ya! Mi autoestima se eleva por encima del Aconcagua, aunque Perico se
encarga de reducir la cota de dicha elevación aduciendo los probables aviesos
fines que perseguían las monísimas aficionadas al mundo del toro. Entre su
innata suspicacia y mi cromosómica ingenuidad se debate y se disipa ésta más
que efímera fantasía erótico-manchega.
Nuestros pasos nos acercan a la joya
alcarreña por excelencia, el Palacio del Infantado, bellísima mansión palaciega
de nacimiento gótico y juventud renacentista, que atesora en su interior un
impresionante patio de doble arcada, llamado de los Leones, que fue testigo de
los desposorios de Felipe II con Isabel de Valois, hace ya algunos años. Nos
imaginamos el convite y la barra libre, aunque el Segundo de los Felipes no
parece que fuera jacarandoso en exceso y más bien apretadillo en cuanto a
dispendios de maravedíes se refiere. Al bajar la escalinata de acceso al
palacio, ¿quién dirán ustedes que las está subiendo? Efectivamente, Santiago
Abascal. Le saludamos efusivos, pero con más efusividad nos saluda él, como si
nos conociera del parvulario. Está claro que hoy está siendo un día de
encuentros. A las 12 horas nos metemos en una cafetería con el fin de escuchar,
a través del móvil, el Pregón de la Semana Santa de Sevilla, que este año lo
pronuncia la periodista Charo Padilla, sobrina política de mi amigo Perico.
Complicaciones técnicas nos hacen desistir de escuchar la retransmisión en su
totalidad, aunque sí nos tragamos enterito el plomizo discursito previo del
señor Concejal de Cultura. Necesitamos un copazo y cubrimos esta necesidad en
el bar La Carrera, en la Plaza de Santo Domingo. Y de allí, con parsimonia y
adusta apostura nos dirigimos a visitar la Iglesia de San Ginés, y de allí al
restaurante Lino, en el que, de momento, no hay un alma, lo que no es óbice
para que tarden una eternidad en servirnos la comanda. Lomo de buey a los tres
purés (espuma de ajo, puré de patatas y compota de orejones), él; filete de
solomillo con medallón de foie y milhojas de patatas, yo. Compartimos
previamente una tabla de quesos de la zona y una botella de vino (Pintia de
Toro). Bueno, no ha estado mal, pero el servicio ha sido algo desangelado y
distante, con lo cercanos y afectuosos que somos nosotros, no lo entiendo. Para
hacer tiempo, no tomamos un gin-tonic,
de nuevo en el bar La Carrera, y de allí, ahora sí, nos vamos en dirección a la
Plaza de Toros.
El cielo encapotado, riesgoso y
amenazante, se va conteniendo, y la gente tiene frío. La entrada, tres cuarto
de plaza, Plaza de Toros de las Cruces, que se llama. Gradas de castigo, de las
que clavas y te clavan las rótulas en los ijares, aunque al poco nos reubicamos
en sitio menos traumático. Se pone a llover y florecen paraguas como hongos.
Hoy veremos a un toricantano, término que designa al torero que va a doctorarse
en el arte de la tauromaquia, Ángel Téllez, 21 añitos y toledano. Padrino y
testigo, Morante y El Juli, respectivamente. Intercambio de trasto de matar y
vámonos al lío.
El Juli tiene frío, se le ve en la
barrera con el capote puesto a modo de capote, pero de la Guardia Civil,
mientras Morante enciende un puro habano que perfuma la plaza. Téllez demuestra
que la gente es buena, que la gente lo quiere y que le da un cheque en blanco
para un futuro próspero. Algunos aficionados comentan que todavía le queda
mucho por aprender (¿y a quién no?). Aun así, se lleva tres orejas a su casa y
una salida a hombros en el día de su ingreso en el gremio de los toreros
doctorados. Ha puesto donoso empeño y ha afinado lo que ha podido con unos
toros de recorrido corto, a los que ha matado con una soltura muy superior a la
de sus compañeros de tarde. Morante aparece en el ruedo y brinda a mi colega de
parvulario, Santiago Abascal, el primero de su lote, mientras el graderío, un
clamor, se desgañita gritando: ¡Presidente!, ¡Presidente! El festejo taurino
deviene en festejo electoral, el arte muta en un cateto show de aclamaciones
vocingleras, que parece indicar que lo importante no está en la arena, sino en
hacerse un selfish con el líder de
Vox. En fin, Morante a lo suyo, a dejar algún trincherazo memorable, alguna
serie redonda y a delirar con su primero, al que confunde con un acerico,
propinándole 12 descabellos 12, después de dos avisos y antes de que lo
recogieran las mulillas. En el segundo está más ajustado, nada del otro mundo,
pero mata bien, lo que le vale una oreja y le hace salvar el expediente. El
Juli, en soez competencia con Morante, le enfila 8 pinchazos 8 y una baja
estocada a su primero, que le valen pitos varios en estéreo. El quinto se deja
torear y lo torea menos de lo se le podría haber toreado, por eso se le otorga
una menos que merecida oreja. La tarde ya está en modo lluvia. La corrida se ha
salvado por los pelos. Así que nos vamos, que ya es tarde.
Llegamos a Atocha con el tiempo justo. En el AVE planeamos ya el
siguiente capítulo de este peregrinaje por las plazas de toros de España, que
nos llevará, si Dios y el tiempo lo permiten, a Valladolid, casi a tiempo de
disfrutar sus Fiestas Patronales en honor de San Pedro Regalado, patrón de la
ciudad. Pero un día antes de este viaje, ¿no vamos a ir a la Maestranza en
plena Feria de Sevilla?
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