jueves, 16 de mayo de 2019

6 - 7 de abril de 2019

Plaza de Toros de Guadalajara. Las Cruces

               Morante de la Puebla
               El Juli
               Ángel Téllez (Alternativa)

Restaurantes:

               El Doncel (Sigüenza) Guadalajara
               Nöla (Sigüenza) Guadalajara
               Lino (Guadalajara)

Hotel:
               Posta Real (Sigüenza) Guadalajara


          La campaña electoral se retuerce, se inflama y se va infectando día a día con un poco más de virulencia. La derecha se fragmenta, el voto indeciso crece y crece, el juicio del procés continúa despejando la zanja del estercolero, se habla de Franco y de eutanasia, Venezuela sigue en el abismo y el Barcelona sentencia la liga. Sevilla lleva unos días revolucionada con la visita de Barack Obama, que viene a conferenciar en la Cumbre Mundial del Turismo, por supuesto de manera desinteresada. La Sra. May va cada día pareciéndose más a su tía Mildred, se ve que tiene problemas. Aun así, la sala VIP del Ave en Santa Justa nos acoge tempranito con su oferta de cafelitos maquineros y pastelillos embutidos en celofán. Cumplimentamos en cuarenta segundos el expediente del desayuno y nos disponemos, cómodos y relajados, en los asientos que tenemos asignados en el tren de alta velocidad a Madrid. Tras la lectura de los periódicos del día y una ligera cabezada, llegamos a Atocha. Alquilamos en Europcar un bonito y potente coche blanco y nos vamos en dirección Sigüenza. No hay una sola habitación en Guadalajara, como siempre ocurre cuando hay toros en localidades pequeñas o medianas (ya nos pasó en Illescas y nos seguirá pasando). No obstante es una delicia poder estar, aunque sea un día, en un pueblo tan espléndido como Sigüenza.
          La ciudad domina el valle desde su poderoso castillo del siglo XII, que actualmente alberga el Parador de Turismo. Desde esa altura y vuelta la mirada hacia la ciudad, se aprecia un conjunto medieval de iglesias, puertas de muralla, casonas y conventos, que se apiñan en un todo monumental sobrio y pétreo de sólida belleza, esa belleza histórica tan marcadamente española y tan cargada de prosapia y añosa nobleza. De allí parte un dédalo de empinadas callejuelas que desemboca en la Catedral de Santa María y en la Plaza Mayor. Por una de esas callejuelas llegamos al hotel. No sé cómo lo hace, pero Perico aparca siempre a pocos centímetros del lugar al que vamos, da igual que sea un callejón medieval, como el de hoy, o la meta del Tourmalet una tarde de Tour. El hotel se llama Posta Real: limpio, amplias habitaciones, silencio monacal y céntrico. Es una casa de piedra, como casi todas las de Sigüenza y se halla cerca de todo lo que hay que ver. Salimos a cuerpo gentil y comienza a caer una cosa que no es agua y que tampoco es nieve, por tanto es aguanieve. En una tienda extrañísima, atendida por dos ancianos extrañísimos, compro un paraguas. Es una especie de bazar algo siniestro que vende de todo, desde artículos religiosos a sifones con su rejilla de metal. Perico, inopinadamente, se pone a charlar con un sacerdote que está a nuestro lado de cháchara con los decrépitos dueños. “Yo le conozco, usted sale en la tele”, le increpa. Y efectivamente, el buen hombre de Dios sale en no sé qué programa de no sé qué cadena. Cada día me sorprende más este tío. Nos despedimos y nos vamos ya, con mojada incluida, hacia la Catedral. Allí nos acoplamos a un grupo de personas mayores (¿y qué somos nosotros?), y de esta manera ilegal accedemos a las zonas de pago sin pagar (no ha sido nuestra intención). Así que podemos ver el claustro gótico adosado a la Seo, la sala de tapices, la pequeña estancia donde reposa una luminosa Anunciación de El Greco y la capilla donde se encuentra el famoso Doncel de Sigüenza, emblema de la historia de la ciudad. Ya fuera de la visita guiada admiramos el retablo plateresco de Santa Librada y el retablo gótico de San Juan y Santa Catalina, obras que merecen una contemplación pausada y serena, sentado en uno de los bancos. Ambos son un auténtico derroche de imaginación y colorido. La hierática imagen de Santa María la Mayor nos despide de esta más que interesante aventura catedralicia.
          Una gestión bancaria rápida y un vermut también rápido nos abre el apetito (más el vermut que la gestión bancaria). Nos volvemos a encontrar al cura televisivo, al que Perico le pregunta por el restaurante al que vamos; amablemente nos dirige y amablemente declina la invitación a comer con nosotros que le propone Perico. Restaurante El Doncel, una estrella Michelin. Menú degustación. Vino: Pintia (Toro), que es un vino al que ya nos hemos aficionado de manera adictiva. De los aperitivos nos sorprenden los chips de morcilla, unas inverosímiles papas a la brava y el torrezno 4x4. De los pases, propiamente dichos, los callos melosos de bacalao, el corte de foie y algodón, y la corvina en infusión de té, se llevan el oro, la plata y el bronce, respectivamente. Las presentaciones son de lo más imaginativo: desde platos fluorescentes a hormigas gigantes de metal que transportan las viandas a sus espaldas. Las texturas de queso son el postre perfecto y exquisito para un menú muy trabajado y merecedor sin duda de la excelencia con la que ha sido premiado este magnífico restaurante. Un gin-tonic en la Plaza Mayor nos atempera la digestión y nos da el humor necesario para subir la cuesta, que nos llevará al hotel y a la siesta que nuestros cuerpos necesitan y merecen.
          A última hora de la tarde, con una discreta llovizna y un frío soportable deambulamos por las adustas calles de Sigüenza, por sus plazuelas de piedra, en dirección al Castillo. A través de sus patios, salones y galerías rendimos pleitesía y emocionado recuerdo a Doña Blanca De Borbón, encerrada en una torre de este alcázar por su marido, Pedro I de Castilla, allá por el siglo XIV, siglo este muy dado al encerramiento en torres de bellas damas de la aristocracia por un quítame allá esas pajas. Salimos de la fortificación en pos de las viandas nocturnas que, aunque no nos las merecemos, dado el poco consumo energético realizado durante la tarde, damos buena cuenta de ellas en el restaurante Nöla, sito en la auténtica e histórica Casa del Doncel, en la Plaza de San Vicente. Migas con morteruelo y unas albóndigas de jabalí no pueden hacer daño a nadie. El camarero nos oye el acento y se dispone a ser gracioso, muy gracioso, y a gastarnos bromitas. No le disparamos porque hemos dejado las pistolas en el armero para que las engrasara. Quitando el baldón del mozo, el restaurante es de mérito, aunque mejor visitarlo a mediodía.
          La noche ha sido, creo, como todas las noches, pero sin duda más silenciosa, más densa, y el sueño más espeso. Unos churritos para desayunar frente al Parque de la Alameda y nos despedimos de Sigüenza llevándonos un recuerdo francamente grato. Llegamos a media mañana a Guadalajara con tiempo suficiente para ejercitar nuestro turisteo implacable. En la Concatedral de Santa María, primera parada de nuestro periplo caracense, nos encontramos con el funeral de alguien que en vida tuvo que ser un estimado prócer de la ciudad, dada la cantidad y calidad del gentío que lo arropa en su último acto público y que llena los bancos de la basílica. Que Dios lo guarde en su santo seno. Un poco más adelante en la misma calle encontraremos el Convento de la Piedad, con su jardín umbrío y escalonado y enfrente, la Iglesia de Santiago el Mayor, sede de la Hermandad de la Esperanza Macarena, advocación de la imagen del mismo nombre, que se encuentra en la Basílica de la Macarena de Sevilla. En esta iglesia se halla también un sacerdote joven y dinámico, además de uno de los más pesados de la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha. Nada más entrar nos coge por banda y nos pormenoriza las excelencias arquitectónicas, históricas y espirituales del templo (que, todo hay que decirlo, no es nada del otro mundo). Además nos indica que no dejemos de admirar el techo abovedado de una de las capillas recientemente restaurado, para lo cual sería una pena que no introduzcamos un euro en el dispositivo que enciende las luces artísticas dispuestas a tal efecto. Ya Perico se dispone en dirección a la puerta, momento en el que un hecho milagroso acontece en el centro de la nave: dos atractivas señoritas entablan conmigo en el centro de la nave una agradable conversación, interesándose por nuestro lugar de procedencia y por el motivo de nuestra visita a Guadalajara. Dejando al conspicuo e inefable párroco con la palabra en la boca salimos del recinto sagrado y caminamos un trecho por la calle con tan agradable compañía. Caballerosos, fieles a nuestras esposas y con dignidad torera las despedimos y las emplazamos a un nuevo saludo si las vemos en la plaza de toros, motivo por el que también ellas, según nos comentan, han acudido desde Madrid. En resumidas cuentas, he ligado o me han ligado, aunque la cosa no haya ido a más, y en una iglesia. ¡Toma ya! Mi autoestima se eleva por encima del Aconcagua, aunque Perico se encarga de reducir la cota de dicha elevación aduciendo los probables aviesos fines que perseguían las monísimas aficionadas al mundo del toro. Entre su innata suspicacia y mi cromosómica ingenuidad se debate y se disipa ésta más que efímera fantasía erótico-manchega.
          Nuestros pasos nos acercan a la joya alcarreña por excelencia, el Palacio del Infantado, bellísima mansión palaciega de nacimiento gótico y juventud renacentista, que atesora en su interior un impresionante patio de doble arcada, llamado de los Leones, que fue testigo de los desposorios de Felipe II con Isabel de Valois, hace ya algunos años. Nos imaginamos el convite y la barra libre, aunque el Segundo de los Felipes no parece que fuera jacarandoso en exceso y más bien apretadillo en cuanto a dispendios de maravedíes se refiere. Al bajar la escalinata de acceso al palacio, ¿quién dirán ustedes que las está subiendo? Efectivamente, Santiago Abascal. Le saludamos efusivos, pero con más efusividad nos saluda él, como si nos conociera del parvulario. Está claro que hoy está siendo un día de encuentros. A las 12 horas nos metemos en una cafetería con el fin de escuchar, a través del móvil, el Pregón de la Semana Santa de Sevilla, que este año lo pronuncia la periodista Charo Padilla, sobrina política de mi amigo Perico. Complicaciones técnicas nos hacen desistir de escuchar la retransmisión en su totalidad, aunque sí nos tragamos enterito el plomizo discursito previo del señor Concejal de Cultura. Necesitamos un copazo y cubrimos esta necesidad en el bar La Carrera, en la Plaza de Santo Domingo. Y de allí, con parsimonia y adusta apostura nos dirigimos a visitar la Iglesia de San Ginés, y de allí al restaurante Lino, en el que, de momento, no hay un alma, lo que no es óbice para que tarden una eternidad en servirnos la comanda. Lomo de buey a los tres purés (espuma de ajo, puré de patatas y compota de orejones), él; filete de solomillo con medallón de foie y milhojas de patatas, yo. Compartimos previamente una tabla de quesos de la zona y una botella de vino (Pintia de Toro). Bueno, no ha estado mal, pero el servicio ha sido algo desangelado y distante, con lo cercanos y afectuosos que somos nosotros, no lo entiendo. Para hacer tiempo, no tomamos un gin-tonic, de nuevo en el bar La Carrera, y de allí, ahora sí, nos vamos en dirección a la Plaza de Toros.
          El cielo encapotado, riesgoso y amenazante, se va conteniendo, y la gente tiene frío. La entrada, tres cuarto de plaza, Plaza de Toros de las Cruces, que se llama. Gradas de castigo, de las que clavas y te clavan las rótulas en los ijares, aunque al poco nos reubicamos en sitio menos traumático. Se pone a llover y florecen paraguas como hongos. Hoy veremos a un toricantano, término que designa al torero que va a doctorarse en el arte de la tauromaquia, Ángel Téllez, 21 añitos y toledano. Padrino y testigo, Morante y El Juli, respectivamente. Intercambio de trasto de matar y vámonos al lío.
          El Juli tiene frío, se le ve en la barrera con el capote puesto a modo de capote, pero de la Guardia Civil, mientras Morante enciende un puro habano que perfuma la plaza. Téllez demuestra que la gente es buena, que la gente lo quiere y que le da un cheque en blanco para un futuro próspero. Algunos aficionados comentan que todavía le queda mucho por aprender (¿y a quién no?). Aun así, se lleva tres orejas a su casa y una salida a hombros en el día de su ingreso en el gremio de los toreros doctorados. Ha puesto donoso empeño y ha afinado lo que ha podido con unos toros de recorrido corto, a los que ha matado con una soltura muy superior a la de sus compañeros de tarde. Morante aparece en el ruedo y brinda a mi colega de parvulario, Santiago Abascal, el primero de su lote, mientras el graderío, un clamor, se desgañita gritando: ¡Presidente!, ¡Presidente! El festejo taurino deviene en festejo electoral, el arte muta en un cateto show de aclamaciones vocingleras, que parece indicar que lo importante no está en la arena, sino en hacerse un selfish con el líder de Vox. En fin, Morante a lo suyo, a dejar algún trincherazo memorable, alguna serie redonda y a delirar con su primero, al que confunde con un acerico, propinándole 12 descabellos 12, después de dos avisos y antes de que lo recogieran las mulillas. En el segundo está más ajustado, nada del otro mundo, pero mata bien, lo que le vale una oreja y le hace salvar el expediente. El Juli, en soez competencia con Morante, le enfila 8 pinchazos 8 y una baja estocada a su primero, que le valen pitos varios en estéreo. El quinto se deja torear y lo torea menos de lo se le podría haber toreado, por eso se le otorga una menos que merecida oreja. La tarde ya está en modo lluvia. La corrida se ha salvado por los pelos. Así que nos vamos, que ya es tarde.
           Llegamos a Atocha con el tiempo justo. En el AVE planeamos ya el siguiente capítulo de este peregrinaje por las plazas de toros de España, que nos llevará, si Dios y el tiempo lo permiten, a Valladolid, casi a tiempo de disfrutar sus Fiestas Patronales en honor de San Pedro Regalado, patrón de la ciudad. Pero un día antes de este viaje, ¿no vamos a ir a la Maestranza en plena Feria de Sevilla?

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