Plaza de Toros de
Valladolid
Morante de la
Puebla
José María
Manzanares
Pablo Aguado
Restaurantes:
Trigo (Valladolid)
Don Bacalao
(Valladolid)
La Mordidita
(Valladolid)
Hotel:
Zenit Imperial
(Valladolid)
Impactados por las recientes muertes
de Pitita Ridruejo y de Alfredo Pérez Rubalcaba y confusos e inquietos por la
guerra comercial de Trump, llegamos a Valladolid sin incidencias dignas de
mención. Como autómatas viajeros nos desplazamos por trenes y estaciones con
celeridad y exactitud cuánticas. “Campo Grande” se llama la terminal de Renfe
de Valladolid. El taxi, bien conducido por Agustín, nos deja en una incómoda y
estrecha callecita, pero eso sí, en la misma puerta del hotel que, a su vez, se
encuentra a veinte metros de la Plaza Mayor, un hotel de nombre pomposo y
llamativo: Zenit Imperial, como pomposo y llamativo es el ser humano, llamado
Roberto, que hace su aparición tras el mostrador de recepción mientras nosotros
estamos registrándonos. El pavo éste debe ser el relaciones públicas del hotel.
Nos saluda cursi y engolado y agradece nuestra acertada elección hotelera, a la
par que observamos, absortos, como agarra varios rotuladores y marcadores de
fosforito y unos mapas, y nos hace gestos para que le acompañemos a una mesa de
la cafetería contigua al hall, donde
los próximos veinte minutos los consagra Roberto a señalarnos en dos planos de
la ciudad, con colores distintos y marcadores fosforescentes, todas las
iglesias, monumentos, museos, parques, edificios civiles y militares de interés,
que no podemos dejar de visitar, así como el nombre de los que él considera los
mejores bares de la ciudad, indicándonos, a la sazón, hasta lo que debemos
pedir en cada uno de ellos. Roberto luce
corbata verde limón y gruesa correa de reloj de pulsera color rosa chicle. Este
sujeto constituye per se la prueba
fehaciente de que veinte minutos es tiempo más que suficiente para desarrollar
un odio eterno hacia una persona. ¡Qué tío más coñazo, Dios! Perico me
sorprende y preocupa, pues en situaciones infinitamente menos abrumadoras,
manda al carajo hasta a la Madre Abadesa. Con los años parece que se va
suavizando el carácter. Mejor así. Y ya una vez desembarazados de Roberto
Colorines salimos en estampida del Zenit Imperial en busca de las esencias histórico-artísticas
de esta bella localidad castellano-leonesa.
Atravesamos la Plaza Mayor afeada por
un mamotreto escénico, donde se van a suceder actuaciones de todo tipo durante
varios días, porque estamos en las Fiestas de San Pedro Regalado, patrón de Valladolid.
También hay en la Plaza una muestra-exposición del famoso encaje de bolillos,
de la que Perico y yo pasamos kilo y cuarto, porque lo nuestro siempre fue el
macramé, labor ésta parecida al bolillo, pero más moderna y como más guay. La
inacabada Catedral de Nuestra Señora de la Asunción es la siguiente etapa de
nuestro recorrido turístico, muy cerca de la cual se encuentra la sí acabada
Iglesia de Santa María “La Antigua”, que lanza a los cielos vallisoletanos una
esbeltísima torre cuadrangular. Seguimos deambulando por calles al albur de
nuestros pasos, hasta llegar a la Iglesia de San Pablo, que nos deja en puro
éxtasis ante la contemplación de su monumental fachada. En este antiguo
convento dominico fue acristianado Felipe II. En el atrio de la Iglesia se
dispone una alegre feria medieval de artesanía, y siguiendo los puestos
llegamos al Colegio de San Gregorio, sede del Museo Nacional de Escultura. Hoy
la entrada es gratuita, pero para pasar hay que sacar la entrada. Pero si la
entrada es libre y gratuita, ¿para qué sacar entrada? Como somos seres
bonancibles y de dulce conformar, salimos, sacamos la entrada gratuita (muy
barata), y ya sí nos dejan pasar las dos amables señoritas, que anteriormente
nos impedían la entrada libre y gratuita. Obras de arte sacro se disponen en
las numerosas salas de las tres plantas del edificio, abrazando un patio de
columnas, que nos hace recordar el patio y la balconada de tracería gótica del
Palacio del Infantado en Guadalajara. Hay que mirar hacia arriba en las
galerías del museo para admirar los artesonados de estilo mudéjar, y también es
sumamente interesante contemplar la abundante muestra de imaginería castellana,
con esas figuras de los misterios procesionales tan alejadas en su aspecto
formal a las que nosotros, dos sevillanos cofrades, estamos acostumbrados.
Libre y gratuitamente salimos del Museo, cruzamos la calle y, libre y
gratuitamente, pero sin sacar entradas, entramos en el Palacio de Villena,
donde está expuesto de manera permanente un majestuoso belén napolitano de más
de 600 piezas. Algo hermoso, verdaderamente. Ya fuera, con el comercio medieval
en pleno auge, comenzamos a pelearnos con Google Maps y la madre que parió a
Google Maps. Tenemos mesa reservada en Trigo, estrella Michelin desde 2017, en
la Calle de Los Tintes, pero antes queríamos ver el Pasaje Gutiérrez. Nos cuesta
Dios y ayuda, pero damos con él. El tal pasaje es un trocito de París en el
centro de Valladolid, una preciosa galería comercial que enlaza dos calles y
que está coronada con una cúpula de cristal y hierro forjado y adornada con
apliques art déco y esculturas
mitológicas en bronce. De allí y con el coraje que nos define, llegamos a la
Calle de Los Tintes. Llegamos a Trigo.
El Menú Armonía que teníamos
contratado es el menú maridado con los vinos que la casa propone como idóneos
para el acompañamiento de los platos. Comenzando con una manzanilla Papirusa
helada (curiosamente ayer en Sevilla también nos la sirvieron en la Barra de
Inchausti) y terminando a los postres con un Viña 25 (un Pedro Ximénez
exquisito), Noemí, sumiller y esposa de Víctor Martín, el chef, nos deleita con
una selección de vinos tintos y blancos de la tierra, que realzan
significativamente los aromas y sabores del menú degustación que disfrutamos. Los
espárragos que querían ser calçots, los callitos de bacalao y berza, el
cabracho con pimientos del piquillo, el conejo en escabeche, el hígado de pato
con bayas en textura, la ventresca de almadraba en tartar, la torrija de vino…
Todo a pedir de boca menos las dos celebraciones que tenían lugar en el local,
una moderada comunión con niños y una también, menos mal, moderada reunión de adultos.
Comprendo que los dueños deben ganar dinero, pero este tipo de negocios
conlleva la idea de tranquilidad, cierto reposo sonoro y, ¿por qué no?, una
cierta sofisticación ambiental. La sobremesa la hacemos, pues, de camino al
hotel, donde despachamos una más que agradecida siesta hasta que el sol
declina. Entonces nos echamos de nuevo y de lleno a la noche pucelana.
De la Plaza Mayor y a través de la
calle Santiago, la más comercial y populosa, llegamos a la Plaza de Zorrilla,
que preside desde su alto pedestal el insigne poeta y dramaturgo. Cuando Don
José mira a un lado ve la Casa Mantilla, cuando mira al otro lado observa la
imponente Academia de Caballería, y si girara la cabeza, cosa que no suele
hacer casi nunca, vería la entrada al Parque del Campo Grande, un lugar de
delicioso paseo entre fuentes, estanques, acacias y pavos reales. De nuevo en
la Plaza Mayor hacemos tiempo escuchando una parranda canaria, grupo
folclórico, que estuvo hora y media sin tocar una sola isa, folía, malagueña o
seguidilla, géneros todos ellos típicos de las Islas Canarias. En su lugar,
cantaron y tocaron, muy bien, todo hay que decirlo, canciones de Frank Sinatra
(My Way), Neil Diamond (Sweet Caroline), Mocedades (Eres Tú) y Karina (En un Mundo Nuevo). Nosotros, es que hay cosas que no entendemos. Es
como si los Cantores de Híspalis se fueran a Marina d’Or a hacer versiones de
Ramoncín o arias de Zarzuela y no tocaran ni una sevillana. En fin, la
siguiente frustración de la noche la constituye la afluencia de gente en los
bares. Valladolid tiene bares, claro está, no en número excesivo, pero todos
ellos concentrados en tres o cuatro calles. Intentamos entrar en varios, pero
era literalmente imposible hacerlo. Los camareros cierran las entradas porque
ya no cabe nadie más. Cuatro o cinco filas de clientes frente a la barra en
espera de ser atendidos. De locos. Huimos hasta que en uno cualquiera de estos
bares conseguimos treinta centímetros de barra y picamos cualquier cosa antes
de meternos en la más bien escueta habitación del Hotel Zenit Imperial. (¿A
quién se le ocurriría este nombre? Yo creo que al padre de Roberto, casi con
toda seguridad).
Unos churritos en el Café del Norte,
que es uno de los sitios más emblemáticos de la ciudad frente al Ayuntamiento y
en plena Plaza Mayor. Vamos a aprovechar la mañana visitando en primer lugar la
Iglesia de Nuestra Señora de las Angustias, frente al Teatro Calderón, templo
que es la sede de una de las más antiguas cofradías de la ciudad. Allí pegamos
la hebra con un joven sacristán, que resulta ser hermano y costalero de la
Hermandad de La Estrella de Triana. Increíble, pero cierto. En una capilla
lateral se encuentra una Virgencita de la Encarnación, que hoy al mediodía
procesionará por las calles del centro. Luego la veremos. De allí vamos a la
Iglesia Penitencial de la Veracruz en la calle Platerías, de la que sale la
cofradía de la Santa Veracruz, esta sí, la más antigua de Valladolid.
Contoneándonos por calles y callejuelas llegamos al Mercado del Val, cerrado
hoy domingo, pero sólo la parte de alimentación, la zona de bares está
operativa, así que nos tomamos un vermut con un pincho de tortilla, más que
nada por el qué dirán. La Iglesia y Monasterio de San Benito es nuestra
siguiente parada, una masa arquitectónica algo deslavazada, de estilo quizás
herreriano, mitad baluarte fortificado, mitad basílica inconclusa, que llama la
atención más que por su belleza, por su grandilocuente extravagancia
constructiva. Seguimos hasta la Plaza de Fabio Nelli, donde se encuentra el
hermoso Palacio de los Marqueses de Valverde frente a la Iglesia de San Miguel
y San Julián y junto al Museo de Valladolid, cuidadísimo palacio renacentista
con numerosas salas ordenadas por épocas históricas, con piezas arqueológicas,
romanas, visigodas, de arte sacro y de artes decorativas. La Plaza del Viejo
Coso es nuestro siguiente punto de interés. Era la antigua plaza de toros, cuya
originalidad radicaba y radica en su estructura octogonal. El perímetro, donde
hace años se disponía el público en las gradas, lo ocupa hoy una estructura de
apartamentos, cuyos balcones floridos rodean el antiguo albero, que en la
actualidad renace como una umbrosa y acogedora zona ajardinada. Dejamos el
Viejo Coso y nos encaminamos al Palacio Real, en la Plaza de San Pablo, donde a
principios del siglo XVII radicó la corte del rey Felipe III, y lugar donde
nació Felipe IV. También durmió alguna noche en este palacio un tal Bonaparte,
de nombre Napoleón, al que, creo, que con suma presteza se le mandó a la famosa
Venta del Nabo, lugar del que ya no regresó. Este Palacio Real, hoy sede de la
Subinspección General del Ejército de Tierra, ofrece al visitante un
curiosísimo museo militar, donde se puede contemplar, por ejemplo, la evolución
del uniforme de nuestro ejército desde mediados del siglo XIX hasta nuestros
días. Saliendo del Palacio y a las pocas calles en dirección nordeste nos
topamos con una exposición del dibujante Hugo Pratt, historietista italiano,
cuyo personaje Corto Maltés ha sido y es uno de los grandes referentes del
cómic moderno. Después, y tras ver una pequeña muestra de la Escuela de
Restauración Artística en una sala del Teatro Calderón, nos encontramos con la
procesión de la Virgen de la Encarnación, que vimos hace unas horas en la
Iglesia de Nuestra Señora de las Angustias.
Y digo yo que ya está bien, que nos
vayamos a tomar un vermut, porque esta miserable vida que llevamos se merece un
consuelo, un mínimo goce, un sereno respiro que nivele en parte el cansancio
grande de esta venturosa incursión pucelana. Y así procedemos, pues y, ahora ya
sí, tras el sosegado aperitivo marchamos de otra manera en pos de Don Bacalao,
restaurante que tiene a gala haber confeccionado la mejor tapa de España del
año 2015: el lechazo Taj Mahal, memorable combinación (“fusión”) indo-castellana de carne y verdura, que se presenta a
lomos de un pequeño elefante de porcelana. Muy divertido, sí señor. Además
probamos los espárragos de Tudela del Duero (no confundir con los de Tudela de
Navarra), un pulpo con mango y un bacalao de la casa, todo ello muy rico y
nutritivo. Tomamos el Ribera recomendado por la casa que, francamente, no está
muy allá, y que tiene por nombre “Adhuc
Tempus” (trad.: Aún hay tiempo). Aún hay tiempo de pedir otro vino, digo
yo.
Descansamos un rato en el hotel antes
de enfilar, a eso de las seis, el Paseo de Zorrilla adelante hasta llegar a la
plaza de toros, que arde en un bullicio de fiesta y expectación. Volvemos a
encontrarnos con S.M. el Rey Emérito y la Infanta Elena. Se hacen los despistados
y pasan de saludarnos. Peor para ellos. Comienza la corrida. Sale el primer
toro y Morante lo mira. Aunque José Antonio se maneja con el capote, al toro se
le ve que va a dar poco de sí y no va a entrar ni de lejos al juego que le
propone el torero. Habrá que esperar al cuarto, donde el de la Puebla destapa el
tarro y nos brinda unas series de naturales con el sabor antiguo de un apunte a
plumilla de trazo fino. Una oreja que se lleva tras una estocada certera. El
primero de Manzanares resulta tan insulso y falto de comentario como el primero
de Morante. Y adoptando similitudes, su segundo dejó por momentos boquiabierto
al respetable, con unas chicuelinas bordadas y unos bien medidos lances de
muleta, previos a una precisa ejecución con el estoque. Oreja bien merecida.
Hoy vuelve Pablo Aguado a sustituir a un compañero, en este caso a Roca Rey,
que ha sufrido un pequeño percance en La Maestranza. Y la volvió a liar, después
de liarla hace unos días en Sevilla. Una oreja en cada toro, que resumen la
buena racha y la maestría de este torero para calar el trapío escondido en el
animal, hacerlo brotar y templarlo con la lentitud y el mimo necesarios para
que el vello del aficionado se erice contemplando esta forma de toreo tan
sevillana y tan llena de puro arte. Otra tarde de puerta grande para Aguado,
una espléndida tarde de toros. Además, según vocea un forofo en mitad de la
corrida, el Valladolid, a punto de bajar a segunda división, se queda en
primera, gracias a Dios, ¡formidable! A la salida nos cruzamos de nuevo con don
Juan Carlos y doña Elena, y ahora somos nosotros, en justa correspondencia, los
que nos hacemos el longui, faltaría más. Los íbamos a invitar a unos pinchos,
pero su arrogancia displicente, intrínsecamente borbónica, les hace acreedores
a nuestra señorial indiferencia. Así que los pinchos nos los tomamos nosotros,
y también unos tacos en el restaurante La Mordidita, muy cerca del hotel. Antes
de eso, nos ha dado tiempo de ver una exposición fotográfica de Milton H.
Green, artista que fotografió a las más célebres estrellas de Hollywood, entre
ellas a Marilyn Monroe. Por último, cruzamos el río Pisuerga, que aunque nadie
lo sepa, pasa por Valladolid, para ver la Plaza del Milenio. Allí hay una pista
de patinaje cubierta por una luminosa cúpula multicolor. Creo que era lo único
y lo último que nos quedaba por ver en Valladolid. Mañana temprano, de vuelta a
Sevilla.