martes, 18 de junio de 2019

11 – 13 de mayo de 2019


Plaza de Toros de Valladolid

               Morante de la Puebla
               José María Manzanares
               Pablo Aguado

Restaurantes:

               Trigo (Valladolid)
               Don Bacalao (Valladolid)
               La Mordidita (Valladolid)

Hotel:

               Zenit Imperial (Valladolid)


          Impactados por las recientes muertes de Pitita Ridruejo y de Alfredo Pérez Rubalcaba y confusos e inquietos por la guerra comercial de Trump, llegamos a Valladolid sin incidencias dignas de mención. Como autómatas viajeros nos desplazamos por trenes y estaciones con celeridad y exactitud cuánticas. “Campo Grande” se llama la terminal de Renfe de Valladolid. El taxi, bien conducido por Agustín, nos deja en una incómoda y estrecha callecita, pero eso sí, en la misma puerta del hotel que, a su vez, se encuentra a veinte metros de la Plaza Mayor, un hotel de nombre pomposo y llamativo: Zenit Imperial, como pomposo y llamativo es el ser humano, llamado Roberto, que hace su aparición tras el mostrador de recepción mientras nosotros estamos registrándonos. El pavo éste debe ser el relaciones públicas del hotel. Nos saluda cursi y engolado y agradece nuestra acertada elección hotelera, a la par que observamos, absortos, como agarra varios rotuladores y marcadores de fosforito y unos mapas, y nos hace gestos para que le acompañemos a una mesa de la cafetería contigua al hall, donde los próximos veinte minutos los consagra Roberto a señalarnos en dos planos de la ciudad, con colores distintos y marcadores fosforescentes, todas las iglesias, monumentos, museos, parques, edificios civiles y militares de interés, que no podemos dejar de visitar, así como el nombre de los que él considera los mejores bares de la ciudad, indicándonos, a la sazón, hasta lo que debemos pedir en cada uno de ellos.  Roberto luce corbata verde limón y gruesa correa de reloj de pulsera color rosa chicle. Este sujeto constituye per se la prueba fehaciente de que veinte minutos es tiempo más que suficiente para desarrollar un odio eterno hacia una persona. ¡Qué tío más coñazo, Dios! Perico me sorprende y preocupa, pues en situaciones infinitamente menos abrumadoras, manda al carajo hasta a la Madre Abadesa. Con los años parece que se va suavizando el carácter. Mejor así. Y ya una vez desembarazados de Roberto Colorines salimos en estampida del Zenit Imperial en busca de las esencias histórico-artísticas de esta bella localidad castellano-leonesa.
          Atravesamos la Plaza Mayor afeada por un mamotreto escénico, donde se van a suceder actuaciones de todo tipo durante varios días, porque estamos en las Fiestas de San Pedro Regalado, patrón de Valladolid. También hay en la Plaza una muestra-exposición del famoso encaje de bolillos, de la que Perico y yo pasamos kilo y cuarto, porque lo nuestro siempre fue el macramé, labor ésta parecida al bolillo, pero más moderna y como más guay. La inacabada Catedral de Nuestra Señora de la Asunción es la siguiente etapa de nuestro recorrido turístico, muy cerca de la cual se encuentra la sí acabada Iglesia de Santa María “La Antigua”, que lanza a los cielos vallisoletanos una esbeltísima torre cuadrangular. Seguimos deambulando por calles al albur de nuestros pasos, hasta llegar a la Iglesia de San Pablo, que nos deja en puro éxtasis ante la contemplación de su monumental fachada. En este antiguo convento dominico fue acristianado Felipe II. En el atrio de la Iglesia se dispone una alegre feria medieval de artesanía, y siguiendo los puestos llegamos al Colegio de San Gregorio, sede del Museo Nacional de Escultura. Hoy la entrada es gratuita, pero para pasar hay que sacar la entrada. Pero si la entrada es libre y gratuita, ¿para qué sacar entrada? Como somos seres bonancibles y de dulce conformar, salimos, sacamos la entrada gratuita (muy barata), y ya sí nos dejan pasar las dos amables señoritas, que anteriormente nos impedían la entrada libre y gratuita. Obras de arte sacro se disponen en las numerosas salas de las tres plantas del edificio, abrazando un patio de columnas, que nos hace recordar el patio y la balconada de tracería gótica del Palacio del Infantado en Guadalajara. Hay que mirar hacia arriba en las galerías del museo para admirar los artesonados de estilo mudéjar, y también es sumamente interesante contemplar la abundante muestra de imaginería castellana, con esas figuras de los misterios procesionales tan alejadas en su aspecto formal a las que nosotros, dos sevillanos cofrades, estamos acostumbrados. Libre y gratuitamente salimos del Museo, cruzamos la calle y, libre y gratuitamente, pero sin sacar entradas, entramos en el Palacio de Villena, donde está expuesto de manera permanente un majestuoso belén napolitano de más de 600 piezas. Algo hermoso, verdaderamente. Ya fuera, con el comercio medieval en pleno auge, comenzamos a pelearnos con Google Maps y la madre que parió a Google Maps. Tenemos mesa reservada en Trigo, estrella Michelin desde 2017, en la Calle de Los Tintes, pero antes queríamos ver el Pasaje Gutiérrez. Nos cuesta Dios y ayuda, pero damos con él. El tal pasaje es un trocito de París en el centro de Valladolid, una preciosa galería comercial que enlaza dos calles y que está coronada con una cúpula de cristal y hierro forjado y adornada con apliques art déco y esculturas mitológicas en bronce. De allí y con el coraje que nos define, llegamos a la Calle de Los Tintes. Llegamos a Trigo.
          El Menú Armonía que teníamos contratado es el menú maridado con los vinos que la casa propone como idóneos para el acompañamiento de los platos. Comenzando con una manzanilla Papirusa helada (curiosamente ayer en Sevilla también nos la sirvieron en la Barra de Inchausti) y terminando a los postres con un Viña 25 (un Pedro Ximénez exquisito), Noemí, sumiller y esposa de Víctor Martín, el chef, nos deleita con una selección de vinos tintos y blancos de la tierra, que realzan significativamente los aromas y sabores del menú degustación que disfrutamos. Los espárragos que querían ser calçots, los callitos de bacalao y berza, el cabracho con pimientos del piquillo, el conejo en escabeche, el hígado de pato con bayas en textura, la ventresca de almadraba en tartar, la torrija de vino… Todo a pedir de boca menos las dos celebraciones que tenían lugar en el local, una moderada comunión con niños y una también, menos mal, moderada reunión de adultos. Comprendo que los dueños deben ganar dinero, pero este tipo de negocios conlleva la idea de tranquilidad, cierto reposo sonoro y, ¿por qué no?, una cierta sofisticación ambiental. La sobremesa la hacemos, pues, de camino al hotel, donde despachamos una más que agradecida siesta hasta que el sol declina. Entonces nos echamos de nuevo y de lleno a la noche pucelana.
          De la Plaza Mayor y a través de la calle Santiago, la más comercial y populosa, llegamos a la Plaza de Zorrilla, que preside desde su alto pedestal el insigne poeta y dramaturgo. Cuando Don José mira a un lado ve la Casa Mantilla, cuando mira al otro lado observa la imponente Academia de Caballería, y si girara la cabeza, cosa que no suele hacer casi nunca, vería la entrada al Parque del Campo Grande, un lugar de delicioso paseo entre fuentes, estanques, acacias y pavos reales. De nuevo en la Plaza Mayor hacemos tiempo escuchando una parranda canaria, grupo folclórico, que estuvo hora y media sin tocar una sola isa, folía, malagueña o seguidilla, géneros todos ellos típicos de las Islas Canarias. En su lugar, cantaron y tocaron, muy bien, todo hay que decirlo, canciones de Frank Sinatra (My Way), Neil Diamond (Sweet Caroline), Mocedades (Eres Tú) y Karina (En un Mundo Nuevo). Nosotros, es que hay cosas que no entendemos. Es como si los Cantores de Híspalis se fueran a Marina d’Or a hacer versiones de Ramoncín o arias de Zarzuela y no tocaran ni una sevillana. En fin, la siguiente frustración de la noche la constituye la afluencia de gente en los bares. Valladolid tiene bares, claro está, no en número excesivo, pero todos ellos concentrados en tres o cuatro calles. Intentamos entrar en varios, pero era literalmente imposible hacerlo. Los camareros cierran las entradas porque ya no cabe nadie más. Cuatro o cinco filas de clientes frente a la barra en espera de ser atendidos. De locos. Huimos hasta que en uno cualquiera de estos bares conseguimos treinta centímetros de barra y picamos cualquier cosa antes de meternos en la más bien escueta habitación del Hotel Zenit Imperial. (¿A quién se le ocurriría este nombre? Yo creo que al padre de Roberto, casi con toda seguridad).
          Unos churritos en el Café del Norte, que es uno de los sitios más emblemáticos de la ciudad frente al Ayuntamiento y en plena Plaza Mayor. Vamos a aprovechar la mañana visitando en primer lugar la Iglesia de Nuestra Señora de las Angustias, frente al Teatro Calderón, templo que es la sede de una de las más antiguas cofradías de la ciudad. Allí pegamos la hebra con un joven sacristán, que resulta ser hermano y costalero de la Hermandad de La Estrella de Triana. Increíble, pero cierto. En una capilla lateral se encuentra una Virgencita de la Encarnación, que hoy al mediodía procesionará por las calles del centro. Luego la veremos. De allí vamos a la Iglesia Penitencial de la Veracruz en la calle Platerías, de la que sale la cofradía de la Santa Veracruz, esta sí, la más antigua de Valladolid. Contoneándonos por calles y callejuelas llegamos al Mercado del Val, cerrado hoy domingo, pero sólo la parte de alimentación, la zona de bares está operativa, así que nos tomamos un vermut con un pincho de tortilla, más que nada por el qué dirán. La Iglesia y Monasterio de San Benito es nuestra siguiente parada, una masa arquitectónica algo deslavazada, de estilo quizás herreriano, mitad baluarte fortificado, mitad basílica inconclusa, que llama la atención más que por su belleza, por su grandilocuente extravagancia constructiva. Seguimos hasta la Plaza de Fabio Nelli, donde se encuentra el hermoso Palacio de los Marqueses de Valverde frente a la Iglesia de San Miguel y San Julián y junto al Museo de Valladolid, cuidadísimo palacio renacentista con numerosas salas ordenadas por épocas históricas, con piezas arqueológicas, romanas, visigodas, de arte sacro y de artes decorativas. La Plaza del Viejo Coso es nuestro siguiente punto de interés. Era la antigua plaza de toros, cuya originalidad radicaba y radica en su estructura octogonal. El perímetro, donde hace años se disponía el público en las gradas, lo ocupa hoy una estructura de apartamentos, cuyos balcones floridos rodean el antiguo albero, que en la actualidad renace como una umbrosa y acogedora zona ajardinada. Dejamos el Viejo Coso y nos encaminamos al Palacio Real, en la Plaza de San Pablo, donde a principios del siglo XVII radicó la corte del rey Felipe III, y lugar donde nació Felipe IV. También durmió alguna noche en este palacio un tal Bonaparte, de nombre Napoleón, al que, creo, que con suma presteza se le mandó a la famosa Venta del Nabo, lugar del que ya no regresó. Este Palacio Real, hoy sede de la Subinspección General del Ejército de Tierra, ofrece al visitante un curiosísimo museo militar, donde se puede contemplar, por ejemplo, la evolución del uniforme de nuestro ejército desde mediados del siglo XIX hasta nuestros días. Saliendo del Palacio y a las pocas calles en dirección nordeste nos topamos con una exposición del dibujante Hugo Pratt, historietista italiano, cuyo personaje Corto Maltés ha sido y es uno de los grandes referentes del cómic moderno. Después, y tras ver una pequeña muestra de la Escuela de Restauración Artística en una sala del Teatro Calderón, nos encontramos con la procesión de la Virgen de la Encarnación, que vimos hace unas horas en la Iglesia de Nuestra Señora de las Angustias.
          Y digo yo que ya está bien, que nos vayamos a tomar un vermut, porque esta miserable vida que llevamos se merece un consuelo, un mínimo goce, un sereno respiro que nivele en parte el cansancio grande de esta venturosa incursión pucelana. Y así procedemos, pues y, ahora ya sí, tras el sosegado aperitivo marchamos de otra manera en pos de Don Bacalao, restaurante que tiene a gala haber confeccionado la mejor tapa de España del año 2015: el lechazo Taj Mahal, memorable combinación (“fusión”) indo-castellana de carne y verdura, que se presenta a lomos de un pequeño elefante de porcelana. Muy divertido, sí señor. Además probamos los espárragos de Tudela del Duero (no confundir con los de Tudela de Navarra), un pulpo con mango y un bacalao de la casa, todo ello muy rico y nutritivo. Tomamos el Ribera recomendado por la casa que, francamente, no está muy allá, y que tiene por nombre “Adhuc Tempus” (trad.: Aún hay tiempo). Aún hay tiempo de pedir otro vino, digo yo.
          Descansamos un rato en el hotel antes de enfilar, a eso de las seis, el Paseo de Zorrilla adelante hasta llegar a la plaza de toros, que arde en un bullicio de fiesta y expectación. Volvemos a encontrarnos con S.M. el Rey Emérito y la Infanta Elena. Se hacen los despistados y pasan de saludarnos. Peor para ellos. Comienza la corrida. Sale el primer toro y Morante lo mira. Aunque José Antonio se maneja con el capote, al toro se le ve que va a dar poco de sí y no va a entrar ni de lejos al juego que le propone el torero. Habrá que esperar al cuarto, donde el de la Puebla destapa el tarro y nos brinda unas series de naturales con el sabor antiguo de un apunte a plumilla de trazo fino. Una oreja que se lleva tras una estocada certera. El primero de Manzanares resulta tan insulso y falto de comentario como el primero de Morante. Y adoptando similitudes, su segundo dejó por momentos boquiabierto al respetable, con unas chicuelinas bordadas y unos bien medidos lances de muleta, previos a una precisa ejecución con el estoque. Oreja bien merecida. Hoy vuelve Pablo Aguado a sustituir a un compañero, en este caso a Roca Rey, que ha sufrido un pequeño percance en La Maestranza. Y la volvió a liar, después de liarla hace unos días en Sevilla. Una oreja en cada toro, que resumen la buena racha y la maestría de este torero para calar el trapío escondido en el animal, hacerlo brotar y templarlo con la lentitud y el mimo necesarios para que el vello del aficionado se erice contemplando esta forma de toreo tan sevillana y tan llena de puro arte. Otra tarde de puerta grande para Aguado, una espléndida tarde de toros. Además, según vocea un forofo en mitad de la corrida, el Valladolid, a punto de bajar a segunda división, se queda en primera, gracias a Dios, ¡formidable! A la salida nos cruzamos de nuevo con don Juan Carlos y doña Elena, y ahora somos nosotros, en justa correspondencia, los que nos hacemos el longui, faltaría más. Los íbamos a invitar a unos pinchos, pero su arrogancia displicente, intrínsecamente borbónica, les hace acreedores a nuestra señorial indiferencia. Así que los pinchos nos los tomamos nosotros, y también unos tacos en el restaurante La Mordidita, muy cerca del hotel. Antes de eso, nos ha dado tiempo de ver una exposición fotográfica de Milton H. Green, artista que fotografió a las más célebres estrellas de Hollywood, entre ellas a Marilyn Monroe. Por último, cruzamos el río Pisuerga, que aunque nadie lo sepa, pasa por Valladolid, para ver la Plaza del Milenio. Allí hay una pista de patinaje cubierta por una luminosa cúpula multicolor. Creo que era lo único y lo último que nos quedaba por ver en Valladolid. Mañana temprano, de vuelta a Sevilla.

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