Marenostrum Music
Castle Park. Fuengirola (Málaga)
Bob Dylan with His Band
Restaurantes:
Los Marinos José (Fuengirola)
Málaga
Bibo (Marbella)
Málaga
Hotel:
Hotel Florida Spa
(Fuengirola) Málaga
Cuando termina el paseo marítimo de Fuengirola en dirección este, unos metros antes de que comience Benalmádena, hay un restaurante que se llama Los Marinos José. Al mediodía de este cálido 4 de mayo iremos a comer allí, pero resulta que hemos llegado en tren a la estación de María Zambrano de Málaga capital con tiempo más que suficiente de disfrutar de ella un poquito (me refiero a Málaga, claro, no a María Zambrano la pobre, que en paz descanse). Esta ciudad comprendo que es mi debilidad, cada vez que vengo me gusta más. Perico, por desconocidos motivos, no comparte mi atracción y va refunfuñando por las esquinas como alma en pena. La oferta cultural de Málaga es prodigiosa y vamos al menos a aprovecharla en las pocas horas que tenemos. Nos dirigimos al museo Carmen Thyssen, donde a parte de su colección permanente llena de esplendor, presenta una temporal titulada “Perversidad. Mujeres fatales en el arte moderno (1880-1950)” que da por más que amortizado el viaje a la ciudad. Una revisión de la imagen pictórica de la mujer en su aspecto más objetual, más sexualizado, más simbólico, en su evolución desde finales del XIX hasta mediados del XX. Se pueden disfrutar obras de Klimt, Kees Van Dongen, Man Ray, George Grosz, Picasso, Dalí, Zuloaga, Anglada-Camarasa, Julio Romero de Torres… Un auténtico banquete de obras mayores de artistas más que consagrados, que se complementa con otra exposición temporal más pequeña, que nos muestra varias docenas de ilustraciones de Blanco y Negro, revista que recogía a principios del siglo XX, el trabajo de exquisitos ilustradores que recreaban de manera magistral la moda, sobre todo femenina, que llegaba de los grandes emporios parisinos de la alta costura e imágenes del glamour sofisticado de aquellos felices años veinte.
Cuando termina el paseo marítimo de Fuengirola en dirección este, unos metros antes de que comience Benalmádena, hay un restaurante que se llama Los Marinos José. Al mediodía de este cálido 4 de mayo iremos a comer allí, pero resulta que hemos llegado en tren a la estación de María Zambrano de Málaga capital con tiempo más que suficiente de disfrutar de ella un poquito (me refiero a Málaga, claro, no a María Zambrano la pobre, que en paz descanse). Esta ciudad comprendo que es mi debilidad, cada vez que vengo me gusta más. Perico, por desconocidos motivos, no comparte mi atracción y va refunfuñando por las esquinas como alma en pena. La oferta cultural de Málaga es prodigiosa y vamos al menos a aprovecharla en las pocas horas que tenemos. Nos dirigimos al museo Carmen Thyssen, donde a parte de su colección permanente llena de esplendor, presenta una temporal titulada “Perversidad. Mujeres fatales en el arte moderno (1880-1950)” que da por más que amortizado el viaje a la ciudad. Una revisión de la imagen pictórica de la mujer en su aspecto más objetual, más sexualizado, más simbólico, en su evolución desde finales del XIX hasta mediados del XX. Se pueden disfrutar obras de Klimt, Kees Van Dongen, Man Ray, George Grosz, Picasso, Dalí, Zuloaga, Anglada-Camarasa, Julio Romero de Torres… Un auténtico banquete de obras mayores de artistas más que consagrados, que se complementa con otra exposición temporal más pequeña, que nos muestra varias docenas de ilustraciones de Blanco y Negro, revista que recogía a principios del siglo XX, el trabajo de exquisitos ilustradores que recreaban de manera magistral la moda, sobre todo femenina, que llegaba de los grandes emporios parisinos de la alta costura e imágenes del glamour sofisticado de aquellos felices años veinte.
Alquilado el vehículo apropiado,
nos dirigimos al Hotel Fuengirola Spa, hotel que tiene la peculiaridad de
ubicarse en Fuengirola y de poseer entre sus instalaciones un spa. Es interesante anotar que a
cincuenta metros de la entrada de este hotel se halla el monumento a Juan Gómez
González (Juanito), insigne futbolista de varios equipos (Burgos, Real Madrid,
Málaga) fallecido en desgraciado accidente de tráfico en 1992. Al haber nacido
en Fuengirola, el monumento se decidió erigirlo en esta bella localidad
malagueña, haberlo hecho en Tafalla, provincia de Navarra, no hubiera sido
procedente. Con sol no hiriente nos encaminamos paseo marítimo arriba hacia el
restaurante Los Marinos José, un lugar que araña cada año sin conseguirlas, las
ansiadas estrellas michelináceas, aunque, según mi parco criterio, ni puñetera
falta que le hacen las consabidas estrellitas. Simplemente se come de
maravilla, Perico es asiduo, uno de los dueños (Pablo o José, no recuerdo) lo
abraza fraternalmente, y comenzamos con premura a degustar las exquisitas
viandas marineras que ofrece cada día, según mercado, este paraíso marítimo de
la gastronomía. Poseen los hermanos una pequeña flota pesquera con la que se
autoabastecen del pescado más fresco del planeta. Los mariscos son del día, con
lo que no se puede ir a buscar percebes, aunque ayer sí los había y a lo mejor
también mañana, pero hoy no. Comenzamos con unas almejas que hablan, y seguimos
con una gamba roja que canta y con un bogavantito frito que recita. Estos
señores han hecho del acto de freír pescado un arte, un juego imposible entre
temperaturas, aceites y harinas, que convierten un boquerón en una filigrana
mitológica. Tras una bandejita de estos animalillos de Dios y un platito de
ensaladilla que rima con maravilla nos dejamos aconsejar y nos sirven un
suculento besugo de Conil, al que habría que solicitar al alcalde y a los
miembros del Consistorio colineño me lo hagan hijo predilecto de la ciudad.
¡Cosa más rica! Creo que tomamos postre, pero no nos acordamos, el recuerdo se
centran en lo que tiene que centrarse (lo del árbol que no deja ver el bosque,
si es que esta metáfora viene aquí a cuento, quizás no, yo qué sé). De lo que
sí me acuerdo es del vino una botella magnum de V Malcorta, nombre del vino y
de la casi extinta uva del mismo nombre, un intenso vino blanco de Rueda de
gran acidez, que entra con tanta rapidez como el recordado Juanito entraba al
área por la banda derecha. Hay que mencionar, porque es algo digno de tal
mención, la extensa y trabajada carta de vinos de Los Marinos José, y,
particularmente, la increíble oferta de champanes, nada más y nada menos que
diecisiete páginas con algo así como 250 referencias, algo que dudo sea
frecuente incluso en la hostelería gala. Sitio en definitiva para volver, dada
la imposibilidad de poder quedarse a vivir de manera continuada y estable.
Hacemos la digestión en el Fuengirola
Spa, mientras los operarios del tour de Bob Dylan van conformando el escenario
donde dentro de algunas horas echará a cantar el bardo de Minnesota. Sobre las
ocho de la tarde nos encaminamos, paseo marítimo abajo, en dirección al
Castillo de Sohail, que levanta sus almenados muros en una suave colina sobre
la desembocadura del río Fuengirola. En su estribación más costera, casi a pie
de playa, se ha levantado el escenario; frente a él los asientos se van poco a
poco ocupando por un público diverso, cuya media etaria es alarmantemente alta,
como cabía esperar: cincuentones con camisetas roqueras al borde del big bang abdominal; cincuentonas con
minifalda mostrando unas piernas que fueron, pero que ya, no; mucho guiri senecto de pupila cervecera; mucho autóctono
septuagenario y añorante de pelambrera grasienta; incluso una venerable anciana
de vestido florido y con su inseparable bombona de oxígeno adosada, que no
quería perderse el evento musical de esta noche. Pero, al fin y a la postre,
todos ellos y nosotros imbuidos de la idea de que a Dylan es muy probable que
esta sea quizás la última oportunidad de oírlo en vivo y en directo. Los años
nos atraviesan a todos por igual, aunque a él, parece que algo menos.
El concierto comienza puntual,
aparece Bob Dylan y a todos los hombre y mujeres de bien que allí estamos se
nos rayan los ojos con sendas lágrima de emoción. En el escenario hace acto de
presencia nuestra lejana y eterna juventud con traje gris. Se coloca en su
teclado, la banda toma sus instrumentos y da comienzo el concierto que no
olvidaremos nunca. Sin dejar de lado ramalazos a la nostalgia (Like a Rolling Stome, It Ain’t Me Babe,
Blowin’ in the Wind…), Dylan hace un extenso repaso al último tercio de su
carrera, apoyado en la excelencia de una banda soberbia, que funciona como ente
autónomo en perfecta simbiosis con el más mínimo cambio de modulación o cambio
de textura rítmica del líder. Rock,
folk, blues, jazz, toda la tradición de la música norteamericana se abraza en el
compendio enciclopédico de sabiduría musical que desarrolla y representa este
mito viviente, que a sus 78 años sigue teniendo cosas que decirnos con la
emoción de sus canciones. Una noche para el recuerdo. Con la brisa marina, ya
de regreso, entre miles de asistentes felices y algo cariacontecidos, tomamos
algo por el centro de Fuengirola y nos vamos al hotel.
Ayer murió Alberto Cortez, poeta y cantautor argentino, que adornó con su voz sustanciosa y fraterna ciertos momentos de mi añorada juventud. Descanse en paz, al igual que deberían descansar en paz todos los muertos, Franco incluido, al que unos inconsecuentes, que no lo conocieron, no dejan que sus cenizas se pierdan en el devenir del tiempo. Menos mal que hoy el día amanece como si estuviéramos
en la Costa del Sol. Una hora de paseo por la playa mirando al mar, que parece
un cristal pulido, una amatista bruñida; una brisa mínima y una luz máxima que
adormecen y a la vez dinamizan el espíritu. Desayunamos en el Paseo Marítimo frente
al Monumento a la Peseta y nos vamos a hacer algo de turismo por la costa. Atravesamos
la parte primigenia de Benalmádena y luego visitamos la estupa (templo tibetano) más grande de Europa, con sus 33 metros de
altura y sus increíbles vistas, que dominan toda la costa. Llegamos a Banús y
vagabundeamos puerto arriba y puerto abajo. Tomamos el aperitivo
correspondiente analizando la eslora de nuestro futuro yate, y si lo vamos a
adquirir con o sin helipuerto, y en caso afirmativo, si para uno o dos
helicópteros. Cerca de donde estamos pasan varios coches creíbles y varias
mujeres increíbles, lo que demuestra que no todo lo que vemos lo puede procesar
nuestra mente, por lo que, queda claro, el más allá existe, sin duda. Tras
ímprobos esfuerzos aparcamos en Puente Romano, el lugar más emblemático quizás
de Marbella, un hotel creado por el arquitecto boliviano Melvin Villarroel,
cuya característica principal sería que la parte construida no quede a la
vista, sino inmersa en la vorágine de una feraz naturaleza ya sea esta artificial
o no. En el interior de esa sofisticada jungla hay un pequeño puentecito romano
(que da nombre a todo el complejo), detrás del cual se halla el Restaurante
Bibo, uno de los locales en Marbella de Dani García, el más dinámico, quizás,
de nuestros jóvenes y afamados chefs.
Empezamos con unos entrantes (¿pleonasmo?): ensaladilla rusa con huevos
de codorniz, tapa de yogur de foie, tortilla
española con setas okonomiyaki,
alitas de pollo del señorito, croquetas cremosas y guacamole hecho al momento.
Continuamos con el plato fuerte: tartar de lomo alto de atún (Perico) y steak tartar (yo). Para finalizar, el
postre: sol de Marbella y arroz con leche fresca. El sol de Marbella es una de
las grandes obras maestras de Dani García, donde una sorprendente esfera
luminosa se licua en un pequeño mar de naranja, azahar y almendra. Ya que
estamos en Málaga, tomamos un vino de por aquí, Cortijo de los Aguilares.
Todavía nos da tiempo de un café antes de llegar a la estación, donde nos
despedimos de María Zambrano, de Bob Dylan, de Dani García, de la Baronesa
Thyssen, de Pablo y José (de los Marinos), de Juanito y de todos aquéllos que
nos han hecho pasar un fin de semana inolvidable.
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