jueves, 16 de mayo de 2019

8 – 10 de marzo de 2019


Día 9: Plaza de Toros de Illescas (Toledo)

                    Morante de la Puebla
                    Sebastián Castella
                    Roca Rey

Día 10: Plaza de Toros de Olivenza (Badajoz)

                    Morante de la Puebla
                    Roca Rey
                    Ginés Marín

Restaurantes:

                    Los Templarios (Monesterio) Badajoz
                    El Bohío (Illescas) Toledo
                    Casa Elena (Cabañas de la Sagra) Toledo
                    La Romanée (Griñón) Madrid
                    Lugaris (Badajoz)

Hotel:
               Carlos I (Yuncos) Toledo
         

          Qué mejor día para empezar estas crónicas turístico-gastronómico-taurinas que este luminoso 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Las ciudades se engalanan con el femenil aroma anunciador de la cercana primavera, también se aturden con las dispares disonancias de reivindicaciones ancestrales, que miles y miles de mujeres corean y expanden al viento en un ambiente políticamente festivo (o festivamente político). Agridulce alegría en las calles  y recóndita esperanza en los corazones de todas las mujeres y de los hombres de bien que las secundan.
          Un 8 de marzo que se oscurece a lo lejos si pensamos en nuestros hermanos venezolanos, que llevan sin luz un número eterno de horas, víctimas de la barbarie y la codicia de un leviatán con bigote.
          Pero vamos a lo que vamos. Y hablando de bigote, hasta esa misma localización corporal nos pusimos Perico y yo, sin querer, en el restaurante Los Templarios, espléndido lugar ya conocido por nosotros en la reciente aventura compostelana, cuando paramos en Monesterio: Croquetas majestuosas y cochino frito, y eso que nos íbamos a portar bien, que esta noche tenemos reserva en El Bohío. Pero qué le vamos a hacer, la carne es débil, y la de cochino, ni les cuento. La sobremesa la pasamos atravesando media península ibérica entre cabezazos siesteros por mi parte y algún que otro café en las gasolineras. Así hasta llegar a Yuncos, población situada a 5 kilómetros de Illescas. El hotel Calos I se halla en un polígono industrial feo, categoría 3a, según la escala de fealdad poligonal de Bruckman. Nos iremos dando cuenta de que en las pequeñas y medianas poblaciones, cuando hay toros, no hay habitaciones en los hoteles cercanos, de ahí que nos encontremos en este pueblito de Yuncos y en este correcto hotel poligonero.
          Repuestos del viaje y ya remozados nos acercamos a Illescas, para hacer algo de turismo antes de cenar, que es costumbre abridora y saciadora de apetito cultural, que ya del otro, como que andamos sobrados. El Arco de Ugena, única estructura que queda de la antigua muralla, bien iluminado, nos adentra en la parte antigua de la ciudad. Vamos con la idea de encontrar abierta la Iglesia de Nuestra Señora de la Caridad, hospital-santuario, que alberga nada más y nada menos, que cinco obras de El Greco, que plasman los hitos más significativos en la vida de la Virgen María. Son cinco obras mayores del genial artistas, que justifican el viaje a Illescas. Gracias a Dios, la iglesia está abierta y podemos disfrutar el tiempo suficiente para admirar lo que el recinto nos ofrece. A la salida del templo nos encontramos con el emblemático olmo “del milagro”, a cuya sombra descansaba Miguel de Cervantes cuando pasaba por la ciudad. Desde allí y serpenteando por calles estrechas desembocamos en la amplia plaza del Ayuntamiento y en la imponente Iglesia de Santa María. Ya en extramuros paseamos por la parte comercial, donde nos llama la atención la cantidad de barberías-peluquerías que nos encontramos por doquier, debe haber sin duda una enorme afición a atusarse los pelos entre la población illescana. El restaurante El Bohío está muy cerca y ya va siendo hora de entrar.
          Una estrella Michelin adorna la entrada de este restaurante, cuyo jefe de cocina es el muy popular Pepe Rodríguez, cara más que conocida del mundo televisivo gracias al exitoso reality Master Chef. Un local de tonos grises, algo frío, mesa amplia, mantel inmaculado, ningún ornamento superfluo, cuadros grandes impersonales, que representan a gran escala objetos de cubertería. Excelente carta de vinos y un menú tan largo como bien cuidado y exquisitamente servido. Nos abren una botella de Pintia, un vino de Toro de Vega Sicilia consistente y muy elegante a la vez. Cositas sorprendentes: sopa de albóndigas de boquerones, blini de morteruelo con foie gras, ropa vieja actualizada, guisantes con carbonara de coco y queso, buñuelo de liebre, la pringá del cocido con su caldo (nada que ver con la realidad), macarón de mango, helado de vinagre y café… En estos sitios se va a lo que se va, a sorprenderte desde el momento en que te sientas hasta el momento en que te levantas. Cada plato es un pequeño y sofisticado espectáculo para los sentidos. Suena a lugar común, pero es la esencia de acudir a estos selectos lugares. Toda la conversación que se mantiene frente a la divertida suculencia de los diferentes platos que te sirven, se centra casi exclusivamente en esos mismos platos, en elaborar un pequeño discurso que los comprenda, en atisbar su composición, captar el sabor desconocido de un alga de nombre imposible, en expresar y admirar la originalidad o la excentricidad de una combinación de sabores o texturas, en fin, se conversa sin parar en la novedad sin fin que supone esta forma tan artística y heterodoxa de comer. Como era de esperar, Pepe nos viene a saludar a los postres y a recibir, ufano, nuestras felicitaciones. Realmente se las merece por las agradables dos horas y media que nos ha hecho pasar.
          Nos merecemos también nosotros un descanso prolongado, que el día ha cundido lo suyo, y mañana, más.
          Me levanto temprano y recorro el polígono industrial, desierto en este luminoso sábado de marzo, mientras Perico duerme hasta una hora ciertamente aristocrática. La mañana la dedicamos a hacer algo de turismo por las calles de Toledo: plaza de Zocodover, catedral, Alcázar, barrio judío. Hacemos tiempo hasta la hora de comer. Vamos a Casa Elena, en Cabañas de la Sagra, a unos 18 kilómetros de Toledo. Si estuviera a 180, merecería la pena, sin duda. Un menú degustación con maridaje de caldos de la zona que pide a gritos el reconocimiento de los inspectores de la Guía Michelin. Presentación exquisita de los platos, unas verduras tratadas con un cariño maternal, en especial unas alcachofas que hacen olvidar otros platos del menú, que en teoría serían los candidatos al primer premio. El arroz meloso, un prodigio de textura y sabor, y los platos de pescado y cochinillo, de una perfección en su ejecución sorprendente. Casa Elena es de esos sitios que, egoístamente, no quisiera uno recomendar, para que no se popularice y pierda la magia de un descubrimiento personal, secreto e intransferible.
          De vuelta a Illescas aparcamos lo más cerca de la plaza de toros que podemos. El paseo hasta la plaza está animadísimo, el cartel lo merece, y eso que uno de los maestros se ha caído del mismo: José María Manzanares ha sufrido un percance lumbar y no ha podido venir. La plaza de toros de Illescas se puede decir que es de reciente construcción. Data de 1997 y tiene la peculiaridad de que permite su uso como plaza cubierta o a cielo abierto. El ambiente es excepcional, el graderío se va cubriendo hasta su totalidad. Momentos antes del paseíllo se aprecia en uno de los tendidos una algarabía de aplausos y comienza a oírse a la banda tocando la Marcha Real. Es nuestro Rey Emérito Don Juan Carlos, que aparece acompañado de su hija, la Infanta Doña Elena. Los aplausos, una vez que la plaza se percata de la llegada y presencia de tan queridas e ilustres personas, se hacen efusivos y generalizados. Es el momento en que dos jóvenes (un joven y una jóvena) aprovechan para irrumpir en la arena con sendas pancartas en contra de la fiesta de los toros. Su protesta, abucheada estrepitosamente por el respetable, dura lo que siete policías nacionales tardan en llegar al centro del coso y llevarlos a rastras a la puerta de chiqueros. Al margen de ideologías, los pavos estos le echan valor. No les pasará nada, pero habrán cumplido con su cuota revolucionaria y contracultural, un porrito y a dormir.
          Al público se le veía con una enorme expectación, con ganas de que el atractivo cartel respondiera a esas expectativas. Morante, serio, muy observador, algo envarado, trazó una primera tanda con el capote que iba arrancando olés no todos merecidos, pero la faena fue  adquiriendo la efectividad necesaria para la concesión final de una oreja. Sebastián Castella, que sustituía a Manzanares, dio aproximadamente ciento cincuenta pases al toro, que no le supusieron premio alguno, ya que alcanzar el record de pases solo otorga aburrimiento. Roca Rey es otra cosa. No digo yo que el público no estuviera ya entregado desde por la mañana, pero es que el peruano, arriesga y divierte, se nutre de pases al borde del abismo, se adentra en profundidad y se encara a la testuz del animal en una especie de sortilegio, hipnotizándole y con él, hipnotizando a los aficionados, que insistieron al Presidente hasta que concedió los dos trofeos. Al margen de lo que ocurre en el ruedo, tenemos a dos pollos pera delante de nosotros, que se están fumando dos vegueros más grandes que ellos mismos y que les duran toda la corrida. Acabo medio malo de las vaharadas de humo que me trago, pero qué le vamos a hacer, cualquier día de estos lo prohíben, que prohibir está muy de moda en estos tiempos.
          El cuarto de la tarde y segundo de Morante, malo de solemnidad, corto, achicado e incomodísimo. Morante sigue envarado, más que serio, mosqueao. El toro, que lo sabe, no va a colaborar y le vende al público los pitos que al acabar le soplan al de la Puebla. El quinto de la tarde le ofrece al francés la oportunidad, sólo en parte aprovechada, de hacer olvidar el primero de su lote. Tiene estampa Castella y trenza algún que otro momento torero, pero es una faena que cuaja poco, una tortillita poco hecha. Aun así la adereza el respetable con una orejita pequeña, vuelta y vuelta, pero no al ruedo. El último de la tarde no me acuerdo, ¿hubo un sexto toro? Juro que no lo recuerdo. Tengo que mirar una reseña, parece ser que sí, que hubo un sexto toro, que no parecía un toro, y Rey, lo que se dice Rey, tan solo el Emérito.
          Ha sido una divertida tarde de toros. Tardamos un rato largo en despejarnos de la congestión de tráfico y nos dirigimos a Griñón, ya en la provincia de Madrid, a unos 16 kilómetros. El restaurante al que vamos es La Romanée. No sé si Mario Sandoval tiene mucho o poco que ver con este lugar. En cualquier caso nos decepcionó. No cenamos mal; un menú corto, simplemente correcto, nada que llamase la atención; salón desierto; el servicio muy mejorable (cada vez que nos servían vino—un Ribera Aalto—, quedaban una serie de manchas, al menos dos cada vez, con lo que al final nos juntamos con ocho manchurrones de vino cada uno. Los vasos para el agua eran de publicidad, en concreto “Mahou”. Por último le pido al camarero, si lo tiene a bien, me ponga los cubiertos, manía que tengo yo desde pequeño de no comer con las manos). Nos da en la nariz que no volveremos a este sitio. Por hoy hemos cumplido. Directos a Yuncos, donde está nuestro polígono toledano favorito.
          Ya es de día, cómo pasa el tiempo, Perico no come nada en el desayuno, yo pido una tostadita, y el camarero me trae una rebaná de treinta y cinco centímetros de largo, por catorce de ancho y por cuatro de alto. Imagino que son las medidas estándar de las tostadas en los polígonos industriales, ya se sabe, camioneros, obreros siderometalúrgicos, ferrallistas… Yo, para no hacerme el tiquismiquis clasista y fachoso me la como en su totalidad. Nos queda un largo camino hasta Olivenza, aunque antes hacemos nuestro trabajo turístico en Badajoz, donde tenemos mesa reservada en el restaurante Lugaris. Recorremos el centro de la ciudad, sus plazas, jardines, el Ayuntamiento, sus desiertas calles comerciales, tomamos un vermut y nos dirigimos a las afueras en dirección a Portugal, que es donde se encuentra el restaurante. Un pequeño chalet acogedor, íntimo y tranquilo, muy bien atendido por una maitre servicial y entrañable. El vino, un Riber Alión, lo acompañamos de una terrina de foie con vinagreta de frutos secos y una tabla de quesos, mientras nos preparan una pierna de cordero para Perico y un milhojas de secreto con cebolla y salsa de jamón para el que esto escribe. Después, un café para analizar lo bien que hemos comido. No se olviden: Restaurante Lugaris en Badajoz.
          El gin-tonic lo tomamos al llegar a Olivenza, un pueblo bonito e interesante, mitad portugués, mitad extremeño. La ciudad está en fiestas. Aquí se viven los toros de una manera especial. Portugal se vuelca y España comienza como quien dice la temporada taurina. El sol luce como en un pasodoble y la animación fluye por calles y plazas en un estruendo de música y jolgorio controlado. Nos acercamos a la plaza de toros, situada en alto, dentro del baluarte de la ciudad. Se ve que es una plaza antigua (me informo, se construye sobre 1868) y tiene un aforo reducido (me informo: 5.600 espectadores). No tengo más remedio, lo siento, pero tengo que hacer un comentario, no sé si machista, sexista, o lo que sea, sé que varios millones de conciudadanos (conciudadanas) así lo considerarán, pero hay que ver la cantidad de mujeres guapas que se ve en una plaza de toros, es algo digno de estudio, mujeres de “bandera”, como dirían mi padre o mi abuelo. Sé que hay una especia de morbosa filosofía o truculenta metafísica que asocia lo conceptos de sangre, peligro, belleza, sexo y muerte, una simbología pagana y mitológica que entronca ritos ancestrales y liturgias esotéricas y que se aprecia y refleja en las expresiones festivas y culturales de todos los pueblos. Bueno, pues eso.
          Morante de la Puebla está hoy hasta más delgado (menos gordo), hasta sonríe, algo bueno le ha tenido que pasar de ayer a hoy. Se le ve, o le veo, más flexible, más entonado, con capa y muleta va enlazando cosas bonitas en el primero de la tarde, se le ve distinto, más encajado y torero que ayer en Illescas. Se le premia con razón desde la Presidencia con una oreja. Sí señor. Con el cuarto, quizás el peor del lote, sólo se luce en las chicuelinas en el quite y poco más. Así que a la Puebla a descansar del finde. Roca Rey vio y dejó pasar un toro, segundo de la tarde, con un tic nervioso en las cervicales, molesto de verdad,  algo que le impidió realizar cualquier tarea que no fuera con los hierros de matar. Pero en el quinto las tornas cambian, y aunque el toro no tenía lo que se dice una embestida fina, Roca Rey le exprime con poderío el corto trayecto y en una loseta y media le da cuerda al toro, que va y viene obediente, pero avieso, porque en una de estas le da la vuelta por el aire al peruano, aunque sin consecuencias, gracias a Dios. Valiente hasta el final, se lleva a casa las dos orejas como es debido. Ginés Marín, según mi pobre entender, fue el triunfador de la tarde. Es la victoria de la inteligencia. Hizo con sus dos toros lo que había que hacer y lo hizo bien. Entendió las alturas de la embestida y la deriva que tomaban los pitones en cada momento. Con 22 años este matador demuestra una sabiduría de gente antigua, de toreros maduros que rondan ya el retiro. Una oreja en cada toro y a hombros por la puerta grande acompañando a Roca Rey, o Roca Rey acompañando a Ginés Marín.
          Y vámonos para Sevilla. Ha sido un fin de semana bien aprovechado en lo gastronómico, en lo turístico y en lo taurino. La próxima estación de penitencia, porque a nosotros ni nos gusta viajar ni nos gusta comer ni nos gustan los toros, lo hacemos para purgar nuestros numerosos pecados, la próxima estación, decía, será, si Dios y el tiempo lo permiten, en Morón de la Frontera, donde reaparece el gran Jesulín de Ubrique. ¡Tiembla, José Tomás!

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